lunes, 26 de noviembre de 2012

HIJOS DEL TRUENO, de Fernando Riquelme




En septiembre, cuando empecé a dar clases de Literatura en Eserp, una escuela universitaria de Barcelona, lo primero que le dije a los alumnos fue mi propia definición de literatura. Dije que se puede definir como la imitación de posibles realidades. ¿Posibles? ¿Y qué pasa entonces con la literatura fantástica? ¿Acaso es posible que mañana nos invadan los extraterrestres y lo arrasen todo? Respuesta: por supuesto que lo es. Todo es posible, y lo único que varía es el porcentaje estadístico que se le asocia a la posibilidad misma. Luego también tratamos el tema de la metaficción. ¿Qué demonios es eso?, preguntó alguien. Hablamos de metaficción cuando supuestamente mezclamos o solapamos una realidad ficcional con la realidad palpable en la que nos encontramos. Hoy en día son más los que abusan de la metaficción que los que abusan de menores (afortunadamente) y como toda cosa llevada al exceso, acaba resultando cansina y extremadamente previsible. Recordemos que a mayor uso de metaficción no siempre corresponde una mayor calidad literaria y el mejor baremo viene marcado por el equilibrio, un equilibrio que consigue a la perfección Fernando Riquelme, escritor barcelonés galardonado en 2008 con el Premio Qué Leer de Novela (uno de los más democráticos y menos amañados que conozco) en esta novela de título sugerente: Hijos del trueno, publicada por la Editorial Robinbook. El lector al principio se queda algo desorientado, pues no sabe si se halla frente a una novela fantástica al uso sobre la crisis o si, en cambio, está leyendo un ensayo contemporáneo que adelanta consecuencias catastróficas en nuestro futuro más próximo. Pero las dudas se despejan rápidamente ya después del tercer capítulo, donde el lector por fin tiene clara una cosa: está leyendo una novela de metaficción sobre los efectos de la crisis, surcando mares revueltos en un barco literario capitaneado por los Hijos del trueno, un grupo compuesto al principio por tres mujeres (Julia, Teresa y Cristina) que se enfrentan al poder y a la corrupción de un mundo podrido y manipulado. La historia está dividida en siete partes y el tiempo de la narración desempeña una función clave, pues oscila entre 2011 y 2018 al armónico compás de pausados flashbacks, como si el autor no parara de avisarnos de lo mucho que se pueden torcer las cosas en el futuro si el pueblo no levanta la voz. Nosotros seremos los únicos responsables de que en 2018 haya guetos para la gente marginada, periodistas que manipulan la opinión pública, presidentes tiranos y miedo por doquier. Los Hijos del trueno es una novela fresca, escrita con un estilo ágil y llevadero, sobre la cultura del miedo y sus graves consecuencias, y muchos lectores podrán encontrar reflexiones tremendamente atinadas entre sus páginas. Aquí va un breve fragmento:

La crisis se explica con la frase: "Maricón el último". Todos han robado y todos seguirán haciéndolo por los siglos de los siglos... (pág. 212).

Y todos, de una manera u otra, fuimos ese último maricón que se quedó con la mona de las operaciones falsas en las manos" (pág. 227).

Todo había sido una gran mentira, la falsa riqueza de los años de opulencia enmascaró a la extrema miseria que estaba llegando, la burbuja del dinero fácil se pinchó y ahora todo era dinero difícil (pág. 239).
 
Falta poco para que San Martín vaya a por los puercos. Mientras lo esperamos, haremos tiempo presentando este libro mañana martes día 27 de noviembre en la librería barcelonesa +Bernat, calle Buenos Aires nº 6. Os esperamos a partir de las 19:30h.


miércoles, 24 de octubre de 2012

LOS LEOPARDOS DE KAFKA, de MOACYR SCLIAR


Una vez más estoy aquí reseñando un libro publicado por una editorial independiente y relativamente joven. A veces me pregunto por qué estos libros no se publican en los grandes grupos y siempre has de dar con ellos por pura casualidad. Muchas veces, hablando con editores o agentes consagrados, tengo la sensación de que van faltos de lecturas, de que se limitan simplemente a buscar el punto comercial en la obra, de que no tienen ni puñetera idea de nada. En más de una ocasión mencioné a autores del calibre de Sherwood Anderson, John Fante, Thomas Mann o Hubert Selby jr. y la respuesta solía ser una mirada de estupor. No los conozco, me decían; ¿son nuevos? Si esta gente es la que decide los títulos que van a copar estantes y plataformas virtuales, quizá podamos empezar a entender unas cuantas cosas, como por ejemplo que Los leopardos de Kafka, de Moacyr Scliar (reconozco lo difícil que puede ser ir a una librería y tener que pronunciar este nombre) salga con Rayo Verde y no con Planeta. Otra lanza rota a favor de la editorial: son de Barcelona y publican todos sus libros tanto en catalán como en castellano, para que los lectores puedan así escoger libremente sin tener que dejarse influenciar por la tan aburrida diglosia. Esta decisión, en medio de la estupidez generalizada de los políticos y en el intento diario de lavarnos el cerebro, resulta absolutamente elogiable y nos da una clara lección de democracia. Ahora vayamos con los leopardos. En ella se narra la historia tragicómica y conmovedora de Benjamin Kantarovitch, apodado Ratoncillo por su semblante y originario de Berasabia, una pequeña aldea situada a unos ochenta kilómetros de Odessa. Estamos a las puertas de la Primera Guerra Mundial y Ratoncillo, junto con su amigo inseparable Iossi, se interesa por el marxismo y por el movimiento comunista que en esa época empezaba a sentar las bases de la revolución rusa. El ídolo de los muchachos es Trotski, y Iossi un día hasta abandona el pueblo y se marcha a escondidas a París para conocerlo en persona. Regresa eufórico con una misión encargada por el mismo líder: se trata de ir a Praga con un sobre, registrarse en el hotel Terminus y ponerse en contacto con un escritor para que le mande un mensaje cifrado. El problema es que Iossi cae gravemente enfermo y, ya en el lecho de muerte, le pasa la misión a Ratoncillo. Dirás que eres Iossi y la llevarás a cabo en nombre de Trotski y de la revolución, le dice. Ratoncillo se arma de valentía y se marcha Praga, donde vivirá un auténtico calvario personal hecho de imprevistos y malentendidos, y además conocerá a Kafka, quien le entregará un aforismo titulado Los leopardos en el templo. ¿Quiénes son esos leopardos? ¿Por qué entran en el templo y beben de los cálices? ¿Y, sobre todo, cómo es posible que la aventura de Ratoncillo tenga repercusiones en el golpe de estado de Brasil de 1964? Las respuestas están en esta maravillosa novela, una obra tremendamente actual, muy bien escrita y con un mensaje importantísimo para la humanidad. Nos dice la nota final:

Vivimos en un momento histórico en que los leopardos vuelven a entrar en el templo, aunque tal vez nunca dejó de ser así. Esta obra no evitará que entren una y otra vez, pero esperamos que te haya divertido, te haya hecho pensar y colabore a que no consideremos que es un derecho de los leopardos beberse nuestro vino de los cálices una y otra vez.

Este mensaje también es válido para los leopardos, así que tal vez los amigos Mariano Rajoy y Artur Mas deberían dejar por un momento de vaciar los cálices del templo y dedicarle unos minutos a la lectura de este libro, que solo vale trece euros. Dejad los putos cálices, joder.
 


lunes, 8 de octubre de 2012

CONCESIONES AL DEMONIO, de ÓSCAR SIPÁN




La cosa empieza así: leo una reseña muy interesante en un blog sobre esta novela y me entra curiosidad. El título me parece sugerente y me pongo a investigar sobre el autor, el escritor y editor Óscar Sipán. Descubro que hay más reseñas y todas hablan muy bien del libro. La curiosidad va en aumento, aunque soy consciente de que la mayoría de las veces una reseña no significa nada; no es más que un favor evanescente o un intento abortado de lamerle el culo a un tío que está por encima de nosotros. A veces resulta patética la facilidad que tienen ciertas personas para reseñar libros que no valen la cagada de un pájaro. Luego te pones a indagar y descubres que autor y reseñista son colegas de toda la vida o miembros de alguna mafia literaria. Bien, pues yo al señor Sipán no lo había visto en mi vida. Eran un nombre y un apellido a los que mi imaginación intentaba asignar un rostro. Y menos aún me sonaba la editorial: Ediciones Nalvay. Pienso: vaya, cada día uno descubre algo nuevo. El problema es que me pongo a buscar el libro y no hay manera de encontrarlo. Los grandes grupos han copado distribuidoras y librerías con sus toneladas de basura (véase Las sombras tóxicas de Grey), de modo que a las pequeñas editoriales no les queda otra que apañársela en medio de la jungla con un palillo de madera, lo cual demuestra claramente una cosa: cuando se cree en algo, la valentía nos empuja más allá de las fronteras de la realidad, y yo siempre me quito el sombrero ante semejante alarde de valor. Como os decía, no encuentro el libro y decido ponerme en contacto con los editores. Me escriben enseguida (algo que siempre se agradece) y me comentan que el domingo día 7 de octubre estarán en una feria del libro en Besalú (provincia de Girona) junto con el autor. Como a la ocasión la pintan calva, el domingo cojo el coche con mi mujer y recorro ciento treinta y tres kilómetros hasta llegar a ese encantador pueblo medieval. No se trata de tozudez; se trata de tesón. Quería leer el jodido libro e iba a recorrer toda la península ibérica si hubiese sido menester. Y resulta que conozco a Óscar y a los editores y me parecen gente encantadora. Bueno, me digo, ahora a ver qué tal la novela. La edición es preciosa, tanto por su formato (tamaño Alfaguara) como por su atractiva portada. Volvemos a casa y devoro el libro en poco menos de dos horas. Primeras sensaciones en caliente: es de lo mejor que he leído últimamente de autores españoles contemporáneos. Sensaciones en frío a la mañana siguiente: si Raymond Carver hubiese nacido en España, se hubiera llamado Óscar Sipán (he probado mejores sensaciones que leyendo Catedral). Se trata de siete relatos engarzados que narran la vida de los inquilinos del edificio Zabulón, cada uno con sus miedos y sus inseguridades, quienes tropiezan a diario en esas trampas diabólicas diseminadas por doquier que tanto caracterizan la existencia humana. Tenemos un joyero con fama de mujeriego, un jubilado solitario, un exciclista profesional, el afamado escritor Nigel Farmer, el escritor novel Livio Carneiro y una mujer madura que por fin parece haber encontrado su príncipe azul, o al menos haberse autoconvencido de ello. En todos los relatos que componen la novela se percibe una sombra maléfica, como si algo terrible estuviera a punto de ocurrir, una amenaza invisible que agarra al lector por el cuello y no lo suelta hasta el final. El capítulo del jubilado, el cuarto, es una auténtica delicia. Válgame este fragmento:

"Tengo mi propia visión local del universo: los veinte años son tiempos de utopías y romanticismos. A los treinta llega el desencanto, los repechos de la existencia y el aprendizaje de las reglas de juego. A los cuarenta, la falsa paz romana de una casa y una familia. Los cincuenta son una edad de revelaciones: a uno se le agría el carácter y aprende a leer los mensajes subliminales. De allí en adelante toca comprender que la vida es un parto sin epidural en el que empujas todo el tiempo" (pág.: 62).

Y, como si fuera poco, el autor menciona a John Fante (el mejor escritor en tres mil años de humanidad) en el capítulo de Nigel Farmer, y ahí sí que me tiene ganado por completo.
Al final se tiene la sensación de haber asistido a un guiñol perfecto dirigido por el señor Sipán, el demiurgo que sale al escenario antes de que se cierre el telón para recibir los merecidos aplausos de los presentes y agitar por última vez su preciada ecosfera. El público va en delirio. 
Por cierto: la feria de Besalú ya ha terminado, así que para conseguir el libro existen dos formas: internet (www.todostuslibros.com u Abebooks) o directamente a través de la editorial. Os aseguro que vale la pena.



miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, del maestro Milan Kundera



Recuerdo que cuando tenía diecisiete años leí por primera vez un libro de Kundera. Se llamaba La ignorancia y me hacía pensar en mi profesora de Lengua y Literatura, una paleta presumida con aires de superioridad y afán de dominar la endeble personalidad de unos adolescentes inseguros. Recuerdo también que mi padre me dijo: "Si te gustó La ignorancia, debes leer La insoportable levedad del ser; es una auténtica obra maestra". Le hice caso después de doce años, lo cual demuestra que a veces soy un poco primo. Cuando acabé la novela, medité que su contenido hubiera podido ayudarme a comprender mejor la vida diez años antes, pero está claro que no podemos volver atrás. Kundera nos advierte: "No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación, como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo". Einmal ist keinmal, repite a menudo Tomás, uno de los protagonistas, es decir, que lo que solo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Las coincidencias son los pilares de nuestra vida, las que hacen que los sucesos ocurran porque sí y nos dejen con la duda de si nuestro destino está escrito de antemano. Las cosas solo pasan una vez y no existe el hubiera. No hay manera de comprobarlo en la realidad, y solo podemos consolarnos con las especulaciones.
La obra, que a primera vista podría ser etiquetada de "filosófica", narra en realidad una extraordinaria historia de amor de dos supuestas parejas: Teresa y Tomás por un lado y Franz y Sabina por otro, aunque sus destinos se entrelazan irremediablemente. Kundera penetra hasta lo más hondo del ser humano y nos presenta un magnífico fresco realista de celos, sexo, traición, infidelidades, muerte, debilidades, paradojas y terquedad. Pese a la omniscencia del narrador, sus personajes están vivos y a veces hasta dan la sensación de tener vida propia, de salirse de la novela para huir hacia un mundo mejor, lejos de esa compasión que los consume por dentro. Leemos:

"No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos" (pág.: 38).

Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en la que se ha convertido el mundo. Y resulta que los cuatro protagonistas se sienten atrapados en esa jaula y no encuentran la salida. Son prisioneros de sus quimeras y de las miradas bajo las que quieren vivir, y poco a poco van siendo aplastados por el enorme peso de la existencia, esa insoportable levedad del ser, una especie de gravedad de las almas a las que todos, sin excepción, estamos sometidos. La sexta parte, titulada la Gran Marcha, es sin duda la pieza aglutinante de toda la obra. En algo más de treinta página se resume la calaña humana como pocos escritores han logrados hacer a lo largo de la historia. Se tiene la sensación de que Kundera ha dado en el blanco, de que ha dicho lo que todos anhelábamos saber desde siempre, pero que nunca supimos cómo expresarlo, y así se eleva por encima de los demás mortales para ocupar el trono de la posteridad. A veces tenemos la sensación de que la narración se vuelve algo espesa, pero entonces aparecen párrafos como este que nos despiertan de inmediato:

"Preso en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial, el hijo de Stalin compartía alojamiento con oficiales británicos. Tenían el retrete en común. El hijo de Stalin lo dejaba sucio. A los ingleses no les gustaba ver el retrete embadurnado de mierda, aunque fuera mierda del hijo de quien entonces era el hombre más poderoso del mundo. Se lo echaron en cara. Se ofendió. Volvieron a reprochárselo una y otra vez, le obligaron a limpiar el retrete. Se enfadó, discutió con ellos, se puso a pelear. Finalmente solicitó una audiencia al comandante del campo. Quería que hiciese de juez. Pero aquel engreído alemán se negó a hablar de mierda. El hijo de Stalin fue incapaz de soportar la humillación. Clamando al cielo terribles insultos, echó a correr hacia las alambradas electrificadas que rodeaban el campo. Cayó sobre ellas. Su cuerpo, que ya nunca ensuciaría el retrete de los ingleses, quedó colgando de las alambradas.
...  
El hijo de Stalin dio su vida por la mierda. Pero morir por la mierda no es una muerte sin sentido. Los alemanes, que sacrificaban su vida para extender el territorio de su imperio hacia oriente, los rusos, que morían para que el poder de su patria llegase más lejos hacia occidente, ésos sí, ésos morían por una tontería y su muerte carece de sentido y de validez general. Por el contrario, la muerte del hijo de Stalin fue, en medio de la estupidez generalizada de la guerra, la única muerte metafísica" (pág.: 257). 

Un libro que toda persona debería guardar en su librería, una obra maestra imprescindible que con su peso sostiene la insoportable levedad de la literatura contemporánea. ¿Dónde cojones está el Nobel?

martes, 28 de agosto de 2012

EL INVIERNO DE FRANKIE MACHINE, de Don Winslow

Lo primero que quiero decir es que llevo dos meses sin publicar ninguna reseña en este blog y eso no se debe a que haya dejado de leer o me haya vuelto majara. Sencillamente, los libros que llegaron a mis manos este verano no me parecieron interesantes, y la filosofía de este blog es, entre otras cosas, recomendar obras con garra y fuerza narrativa. No se trata de publicar por publicar ni de hacerle la pelota a algún escritor de renombre para ganarse su amistad como veo que hacen unos cuantos. Eso no haría más que pisotear mi dignidad, además de ser una pérdida total de tiempo y de energía. Hace un mes me leí una novela sobre una casa encantada que ostentaba críticas maravillosas mirases por donde mirases. Al terminarla pensé: "Me sentiría mejor si hubiera perdido los jodidos veintitrés euros en la ruleta". Luego pensé: "Me gustaría conocer a los autores de las críticas". ¿Es que la gente se ha dado a la priva con esto de la crisis o qué? Compromisos literarios, chicos, la peor mierda que pueda haber. Tú me reseñas a mí y yo te reseño a ti, da igual la piltrafa que escribas. Todo muy bonito. Bueno, el caso es que al final me refugié por enésima vez en la literatura de EE.UU. y probé una sensación parecida a cuando tienes mucho calor en la playa y te das un buen chapuzón en el mar. Algo así. Hasta el momento había huido de las novelas de Winslow por su extensión (400 páginas la más breve), pero una vez más tuve que comerme mis prejuicios tras leer El invierno de Frankie Machine. Para empezar, hay una edición limitada de bolsillo que vale 6,95 euros y que por supuesto es una ganga enorme en tiempos de crisis (la página te sale a 0,017). En segundo lugar, la lectura es amena y la historia engancha pese a tener algunos momentos en los que resulta algo plúmbea, por ejemplo cuando Frankie cuenta su pasado de mafioso. La historia podría ser el guion perfecto para una peli de Tarantino: Frank es un hombre tranquilo de sesenta y dos años que cada mañana acude a su puesto de carnada en el puerto de San Diego. Tiene una hija, una exmujer, una novia y algunos amigos con los que surfea al amanecer. Se levanta a las cuatro y se prepara un café tostado y molido. Podría comprarse una cafetera automática para ahorrarse tiempo, pero no sería lo mismo. Eso es lo que él llama calidad de vida, y la calidad de vida tiene que ver con pequeñeces: con hacerlas bien y hacerlas como corresponde. Parece que su existencia fluye despreocupada hacia la vejez, hasta que algunos mafiosos intentan liquidarlo por un asunto del pasado, y entonces la armonía se rompe y empieza el viaje en las montañas rusas. Aquí el lector descubrirá por qué en el mundo de la mafia se lo conocía como Frankie Machine, una leyenda viviente al que más de uno anhela liquidar para subir un peldaño en el olimpo de la gloria.
Aquí va un párrafo de muestra:

"La vida es como una gran naranja, piensa Frank. Cuando eres joven, la exprimes mucho y rápido tratando de sacarle todo el zumo enseguida. Cuando te haces mayor, la exprimes lentamente saboreando cada gota porque, primero, nunca sabes la cantidad de gotas que te quedan y, segundo, las últimas gotas son las más dulces" (pág.: 22). 

En definitiva, una novela muy dura rebosante de acción y giros inesperados. Una apuesta segura a cambio de una inversión ridícula. Estoy convencido de que ni siquiera Nueva Rumasa te ofrecería estas condiciones.





jueves, 21 de junio de 2012

LA MÚSICA DEL AZAR, de Paul Auster


No soy un fan de Paul Auster, lo reconozco. Me leí un par de libros suyos hace unos años y me parecieron sosos, desaliñados. Siempre lo he visto como el Vila-Matas norteamericano (incluso por su parecido físico), un escritor sobrevalorado que hace literatura supuestamente inteligente para agudizar la adormilada mente del lector moderno. Todo muy cool, todo muy metaliterario, hermoso por fuera y vacío por dentro. Pensaba que si lo ponías al lado de gente como Harry Crews, Donald Ray Pollock, Dan Fante o John Williams quedaba claro que al pobre Paul eso de hacer buena literatura le venía muy grande. Lo intentaba con ahínco, pero le faltaba madera. Luego resulta que leo La música del azar (reeditada hace poco por Anagrama) y me quedo asombrado. Para empezar, me como con papas mis ideas prefabricadas y me quito el sombrero ante esta novela soberbia narrada al puro estilo americano. Al principio se tiene la sensación de estar leyendo un remake de En el camino, pero la narración va mucho más allá y supera en grandeza a la conocida obra de Kerouac. Jim Nashe lo deja absolutamente todo tras cobrar una herencia de varios miles de dólares y se lanza a la aventura por la inmensa carretera de la vida. Sin rumbo, sin destino, sin lógica. Ebrio de libertad en su Saab rojo, se despierta del sueño cuando sus fondos empiezan a escasear, y entonces el azar pone en su camino al joven Jack Pozzi, jugador profesional de póker con grandes planes en la cabeza. La idea es la siguiente: ir a la mansión de un par de excéntricos millonarios, viejos conocidos de Jack, y desplumarlos en una partida de póker. La cuota de participación es de diez mil dólares y Nashe accede a poner el dinero (todo lo que le queda) a cambio de repartir el supuesto bótin final en partes iguales. Pero las cosas no salen como previsto y la situación se precipita, adquiriendo por momentos incluso tintes kafkianos. Trepidante, bien escrita y marcada por un estilo directo y llevadero, La música del azar es una pieza literaria de inestimable valor, un fresco realista con un fondo gótico y unos personajes sempiternos. El final, que lógicamente no quiero desvelar, es la guinda en el pastel que cierra la sinfonía. Novela altamente recomendable, incluso a jugadores profesionales de póker.



viernes, 11 de mayo de 2012

EL CORREDOR NOCTURNO, DE HUGO BUREL



No recuerdo hacía cuánto tiempo que no me llevaba a casa un libro de Alfaguara. ¿Tres, cuatro años? No lo sé. El miedo a gastarme cerca de veinte euros a cambio de bazofia siempre ha podido conmigo. El miedo a lo malo, el terror a comprarme algo que el sistema quiere venderme a toda costa, que la publicidad engañosa y manipulada quiere endilgarme como sea. No, gracias, amigos. Pero luego resulta que doy por casualidad con El corredor nocturno, de Hugo Burel, y quedo intrigado con la contracubierta. Siempre me ha gustado todo lo relacionado con el mito faustico y me decanto por la adquisición. Me comentan que también ha salido una película basada en la novela y puede que algún día la vea. El libro lo devoro en un par de días y es una maravilla. La historia está trabada de manera impecable y la escritura es muy fluida. Por un momento hasta llego a pensar que los de Alfaguara se han vuelto locos y se han puesto a publicar literatura de calidad. Es una ilusión que dura cinco segundos, tal vez menos. El corredor nocturno es la historia de un hombre cualquiera, Eduardo López, gerente en una compañía de seguros en Montevideo, que de pronto se ve acosado por un extraño individuo que conoce en un aeropuerto y que se empeña en alborotarle la existencia. ¿Qué es lo que quiere en realidad el señor Raimundo Conti de la vida de Eduardo? ¿Cuál es el precio que hay que pagar para trepar la abrupta montaña de la vida? Y, sobre todo, ¿quién es ese hombre siniestro y misterioso? En ningún momento aparece la palabra "diablo" en la novela, pero su esencia impregna toda la narración, desde la primera hasta la última línea. ¿Aceptará Eduardo el trato? ¿Tendrá realmente alguna posibilidad de escoger, o Raimundo lo pondrá entre la espada y la pared? Un sinfín de preguntas que se van desplegando como abanicos a lo largo de la narración para cerrarse de golpe con un final ingenioso y magistral, justo antes de que caiga el abigarrado telón de la existencia sobre la mente inquieta del lector. Aquí va un breve fragmento:

"Sé que todo esto que he contado es difícil de creer, pero en realidad sucede todos los días sin que a nadie le llame la atención. Las calles están llenas de personas que con menor o mayor conciencia aceptaron. Tal vez no lo saben, o se autoconvencen de que salen adelante por méritos propios" (pág. 241).

Un libro imprescindible para todos los amantes de la buena literatura.