miércoles, 3 de noviembre de 2010

AMOR MALO Y FEROZ, de Larry Brown



¿Cuántos jóvenes (y no tan jóvenes) escritores se habrán preguntado alguna vez sobre la política de muchas de las grandes editoriales a las que remiten sus obras y reciben a cambio insulsas cartas de rechazo, si es que llegan a recibirlas? ¿Cuántos de ellos se habrán cuestionado sobre el dudoso y más que cuestionable criterio a la hora de lanzar una obra mediocre por todo lo alto, mientras que miles de supuestas genialidades crían polvo en algún cajón destartalado? ¿Están realmente amañados los premios literarios en España y en el mundo, que siempre los acaba ganando el Antonio Gala de turno? ¿Es todo una mierda como parece? Desafortunadamente no soy quién para contestar a estas preguntas y de hecho ni siquiera me sé las respuestas. Bueno, una sí la sé a sabiendas: todos los concursos literarios cuyo premio alcanza una cuantía considerable y otorga prestigio al ganador están amañados. Todos, así que mejor ahorraos la guita por la impresión y el envío del manuscrito y compraos Amor malo y feroz del estadounidense Larry Brown (1951-2004). Es una obra dura, sacada de las entrañas y plasmada en el papel con un cinismo sutil y desgarrador. La componen varios relatos engarzados, siendo 92 días, el último y más extenso, el que sin duda resume mejor las inquietudes de un aprendiz de escritor que no consigue hacer mella en el mundo editorial y se agarra a la fatua esperanza de las cartas de rechazo mientras su vida le pasa de lado. En una ocasión, tras la enésima negativa donde se le aduce que su obra no encaja en el mercado actual, la frustración lleva al escritor a redactar la siguiente carta como respuesta:

“Usted, señor, es un ignorante. ¿Cómo cojones sabe que no se va a vender si no intenta venderla?¿Y cree que puedo sacarme otra del culo en cinco minutos? Estuve trabajando en esa cabrona durante dos años. ¿Tiene idea de lo hecho polvo que se queda uno después de terminarla? Le gusta hacer de Dios con la gente, ¿es eso? Retuvo mi manuscrito durante tres meses y ni siquiera lo hizo circular por ahí. Y aquí he estado yo todo este tiempo creyendo que quizá había alguien pensando en comprarlo. Ojalá estuviera usted aquí en mi casa. Le daría una paliza del copón. Le llenaría el culo de barro y se lo patearía hasta secarlo. Cabrón de mierda. Espero que se quede sin trabajo. De todos modos lo hace de puta pena. Espero que su mujer le pegue la gonorrea. Ojalá tuviera yo su trabajo y usted el mío. ¿Qué le parece pintar casas con treinta y ocho grados de temperatura? Le aseguro que no tiene ni pizca de gracia. Espero que de camino a casa le atropelle un taxi. Y que después se muera tras un mes de dolores atroces”.

Hice subir la carta por el rodillo y la leí. Me pareció que era bastante buena. Expresaba justo lo que sentía. Me hizo sentirme mucho mejor. La leí dos veces y luego la saqué de la máquina, la rompí y la tiré. Después me puse a trabajar en un relato.

Y también tenemos momentos de reflexión donde el protagonista llega a analizar racionalmente las posibles causas de su fracaso como escritor. Leemos en la página 240:

Tenía la certeza de que al menos algo de lo que escribía era bueno, era sólo que aún no había encontrado a nadie que compartiese mi visión de las cosas. Nadie con poder. Nadie que pudiera decidir si se iba a publicar o no. Tenía constancia de que existía una jerarquía, y celos, e informes oficiales interdepartamentales y notas escritas a toda prisa. Ellos no se percataban de que sus papelitos hacían que avanzaran o o se retrasaran las carreras literarias de la gente, de que muchos de nosotros vivíamos y moríamos con un trazo de sus bolígrafos. No tenían ni idea de su poder. Nosotros éramos un vasto efluvio anónimo de autores que no habían demostrado aún su valía, y ellos recibían tal cantidad de material malo que se les hacía difícil encontrar algo que mereciera la pena entre tanta bazofia. Quizá acababan hastiados de todo, con los ojos petrificados por toda la mierda que caía delante de ellos. O quizá todo aquel material de mala calidad les había convencido de que todo era lo mismo, que nada bueno podría salir de una montaña de basura, que la búsqueda había terminado y que jamás descubrirían a otro Hemingway. Todo eso lo podía sentir muy profundamente. No podía probarlo, pero lo podía sentir.

Un buen libro que todo escritor en cierne debería leer. Invita a la reflexión, a pensar en las miles de obras maestras que se han quedado en el olvido a lo largo de la historia de la humanidad, a considerar que el iceberg que sobresale en este gran mar de palabras que es la literatura no es más que la punta de un enorme bloque submarino cuyas raíces se hunden en los orígenes del mundo.