jueves, 15 de agosto de 2013

SIN NOTICIAS DE GURB, de EDUARDO MENDOZA


Soy plenamente consciente de que no voy a decir absolutamente nada nuevo que ya no hayan dicho los cientos de periodistas, lectores, críticos o blogueros acerca de esta sorprendente novela; pese a ello, me he animado a reseñarla por el impacto (inesperado) que me ha causado. Conocía a Eduardo Mendoza por ser un escritor mediático y haber ganado, entre otras cosas, el Premio Planeta en 2010 con la novela Riña de gatos. Me urge subrayar que desde que Boris Izaguirre fue finalista en la edición de 2007, dejé de interesarme por ese certamen y por los galardonados. Una cosa es vendernos literatura comercial y otra bien distinta es tratar de endilgarnos comida para perros. Estudios recientes han demostrado que ya lo hace McDonald's, así que con uno tenemos suficiente. Mucha gente me había hablado de este libro, de lo divertido y original que era, pero por razones diversas nunca me había animado. Además, solía confundir a Eduardo Mendoza con Albert Espinosa (tal vez por algunas asonancias en los apellidos), lo cual ha ido en claro detrimento del primero. Sin noticias de Gurb es una novela estupenda, bien escrita, directa, con un humor corrosivo y un lenguaje muy fresco. No hay nada más difícil en literatura que hacer reír al lector, resultar gracioso sin caer en lo grosero o lo banal, y Eduardo demuestra ser un maestro absoluto que acciona la risa de la gente a su antojo. La trama es bastante sencilla: dos extraterrestres de inteligencia superior aterrizan en la Tierra y empiezan su periplo. Uno de ellos, Gurb, adopta la forma de Marta Sánchez para pasar desapercibido (primer despropósito), mientras que el otro, el verdadero protagonista de la novela, va cambiando de aspecto cada dos por tres y trata de formar parte del género humano construyéndose una vida "normal". El libro entero es un auténtico descojono y casi no hay ningún párrafo que no resulte divertido. Pero el humor de Mendoza es inteligente, de ahí su grandeza. Detrás de esa visión irónica del protagonista se aprecia una gran profundidad de contenidos y de temas existenciales propios de todo ser humano, como pueden ser la planificación de nuestras vidas, los proyectos amorosos, las dudas existenciales o las derrotas del día a día. Hasta un extraterrestre de inteligencia superior (nos dice que es intelecto puro, por eso tiene que adoptar la forma de alguien) se hace la picha un lío con los mecanismos enredados de nuestro mundo, así que ¡imaginaos los humanos! Aquí un par de fragmentos:

He parado a un peatón que parecía poseer un nivel de mansedumbre alto y le he preguntado dónde podría encontrar a una persona extraviada. Me ha preguntado qué edad tenía esa persona. Al contestarle que seis mil quinientos trece años, me ha sugerido que la buscara en El Corte Inglés (pág.: 23).

No hay en todo el universo chapuza más grande ni trasto peor hecho que el ser humano. Solo las orejas, pegadas al cráneo de cualquier modo, ya bastarían para descalificarlo. Los pies son ridículos; las tripas, asquerosas. Todas las calaveras tienen una cara de risa que no viene a cuento. De todo ello los seres humanos solo son culpables hasta cierto punto. La verdad es que tuvieron mala suerte con la evolución (pág.: 103).

Un libro para todo tipo de público, un diamante sin pulir de uno de los grandes de este país. Ídolo.


miércoles, 31 de julio de 2013

INERCIA GRIS, de DAVID ALIAGA

Acabo de volver de un stage intensivo de Yoseikan Budo en Francia y tengo el cuerpo tan hecho polvo que a duras penas puedo pensar. Pero me acabo de leer Inercia gris, de David Aliaga (Editorial Base, 2013), y voy a sacar fuerzas de flaqueza para escribir esta reseña.Vamos a ver, David tiene tan solo 24 años y parece ser que ya ha publicado varias cosas, lo cual avala su precocidad, pero también su talento. Apenas hemos intercambiado unas palabras en ocasión de la presentación de la Revista Quimera en Il Magazzino italiano hace unas semanas, pero me dio la sensación de ser un tipo honesto, tranquilo y con el ego bajo control y no por las nubes (algo jodidamente complicado de encontrar hoy en día). Su libro es una colección de trece relatos (mi número de la suerte) que se lee en poco más de una hora. La lectura es amena y fluida y delata una madurez estilística que desde luego yo no poseía a su edad. Ya desde la primera historia, El pez muerto, quizá una de las más logradas del conjunto, queda patente cuáles son las influencias del autor y los modelos que sigue: Raimond Carver (La catedral, Anagrama) y John Cheever (Fall River, Tropo Ediciones), entre otros. Como ya nos adelanta David Vidal Castell en el prólogo, el autor nos ofrece unos pedazos de iceberg a la deriva en los que solo vemos una octava parte de lo que pasa, aunque lo que realmente atrapa al lector es esa sensación de inercia (gris, claro) que envuelve cada uno de los personajes con su telaraña gigante y que nos hace reflexionar sobre el sinfín de vidas amorfas y oxidadas que ocupan ese enorme tablero llamado existencia. El paisaje de fondo de estas historias es América, pero en realidad podría ser el Baix Llobregat, o alguna región de Italia, o Francia, o un barrio de Londres, o Japón. Como dijo el gran Sinlcair Lewis en su obra maestra Calle Mayor: "La ciudad se llama en nuestra historia Gopher Prairie, en el Estado de Minnesota; pero su calle Mayor es la continuación de las calles mayores de todas las ciudades". Lo mismo ocurre con los relatos de David, y esa inercia gris no es más que un mal del mundo que podemos encontrar en cualquier lugar, incluso sin necesidad de salir de casa. A destacar sobre todo los relatos El pez muerto y Sin trabajo. En el primero, Frank sale a pescar caballas tras recibir una llamada de su exmujer. Una vez en el barco, se acuerda de un cuadro de Picasso en el que aparecen marido y mujer; él mira el suelo mientras que la mujer dirige su mirada suplicante al espectador. Leemos:

"Se le ocurre que si ese par de pobres casados pudiesen cobrar vida y un día un tipo sensible hubiese visitado el museo, le hubiese tendido la mano a la muchacha y ella habría salido del marco para marcharse abrazada al estudiante de Historia del Arte y el marido se hubiese quedado mirando el suelo, y ya no sería Pareja de pobres, sino El hombre pobre. O sería mejor que lo llamasen El pobre hombre, ya que, aunque seguiría teniendo frío y hambre, no tendría esposa que tuviera compasión de él" (pág. 17).

En el otro relato Rober es un carpintero que se queda sin trabajo y que de repente nota cómo su mujer Catherine se va distanciando hasta el día en que decide marcharse de casa. Dice:

"No puedo quedarme aquí viendo cómo nos convertimos en un montón de chatarra oxidada" (pág.: 63).

Se tiene la sensación de que en estos relatos no pasa nada, pero en realidad ocurren muchas más cosas de lo que pensamos. Es como si chocáramos contra un iceberg en medio del mar glacial y su punta horadara la presa de nuestra imaginación. Hay varios autores en España que se han decantado por el relato breve, pero así como muchos han sido sobrevalorados (entre ellos sin duda Matías Candeira), por suerte tenemos voces interesantes que pronto nos sorprenderán gratamente con una novela redonda. ¿Será David uno de ellos?  
Lectura refrescante para alejar momentáneamente este maldito calor africano y el sopor que trae consigo. Recomiendo poner como canción de fondo durante la lectura Desperado, de Los Eagles, y darle al repeat. Buenas sensaciones epidérmicas.



sábado, 20 de julio de 2013

FAUBOURG, de GEORGES SIMENON


Aviso a navegantes sin rumbo, o mejor dicho chivatazo veraniego a editores desnortados. El otro día, en el aeropuerto de Milán, di con esta novela del gran Georges Simenon recién publicada por Adelphi y la leí durante el vuelo que me devolvió a Barcelona. Se trata sin duda de uno de los mejores libros del prolífico escritor belga, al menos de los que he podido leer (recuerdo que se ha sacado de la manga la friolera de 220 obras y ha vendido más de 500 millones de libros). 136 páginas escritas magistralmente y con un giro final digno de un maestro. La historia es sencilla, como suele ocurrir con las grandes novelas: René De Ritter, cuarentón que ha viajado por el mundo haciendo uso de picaresca y apañándose con trabajos humildes, vuelve a su pueblo en compañía de Léa, una mujer que conoció en un burdel, con la intención de hacerse rico a costa de sus paisanos catetos, por ejemplo vendiendo una esmerarla a un precio desorbitado u orquestando fraudes de poca monta con la complicidad de su compañera. Pero las cosas no salen como esperado, y René se ve arrastrado por ese torbellino de recuerdos y amarguras que lo hicieron huir cuando tenía dieciocho años. ¿Por qué demonios ha vuelto a su pueblo natal después de tanto tiempo? ¿Tal vez para contar sus aventuras por el mundo a esos pobres paletos y ganarse su respeto? ¿Y si Léa tuviera razón cuando le dice que no es más que un aficionado? ¿Por qué se empecina tanto en quedarse en ese pueblo de mala muerte? Aquí va un breve fragmento:

"È l'occasione buona per andarcene..."
Ma lui non aveva nessuna voglia di partire. Gli era piombata addosso una specie di stanchezza. Era partito troppe volte nella sua vita. Non aveva fatto altro che partire. Ora, anche se pieno di rabbia, provava il bisogno di girovagare per quelle strade, di riconoscere i muri, i profili, le insegne dei negozi e perfino di sentir dire: "È morto per una bronchite". Quanti relitti! Quanti divorzi! E nuovi matrimoni! E gente che aveva cambiato mestiere, senza motivo (pág.: 61).

Novela maravillosa, ideal para todos aquellos que en algún momento de su vida sintieron la necesidad de sacudirse la inercia gris de su pueblo y salieron en busca de aventuras y de un futuro mejor. ¿Alguien se anima a publicarla en España? Apuesta segura.



viernes, 12 de julio de 2013

DOCTOR SAX, de JACK KEROUAC



No soy un gran admirador de Kerouac ni de la Generación beat pese a que le guardo mucho respeto, debo reconocerlo. Siempre he tenido la sensación de que se le ha otorgado más valor del que realmente tiene, más calidad de la que rezuman sus autores. Pero bueno, la vida está repleta de situaciones como esa, de infravaloraciones y sobrevaloraciones que acaban minando el equilibrio de la balanza de la existencia. ¿Queréis un ejemplo ad hoc? Pues coged a cualquier libro de Vila-matas o Javier Cercas o José María Guelbenzu y después leed Morir y vivir en Lavapiés (Ediciones Escalera, 2012) de José Ángel Barrueco (lo releí por segunda vez la semana pasada y es una bomba). Los primeros gozan de un gran reconocimiento a nivel mundial (los felicito desde aquí y me alegro mucho), mientras que el segundo se mueve por el underground literario madrileño y lo más probable es que pocos lo conozcan más allá de su blog y menos aún fuera de España. Sin embargo, ninguna de las obras de estos supuestos grandes autores alcanza el nivel del libro de Barrueco, ni siquiera de lejos. Se trata de ser objetivos y honestos, pese a que para gustos hay colores. Si no me creéis, haced el experimento y luego hablamos. ¿Qué significa esto? En realidad no mucho, simplemente que la balanza de la que hablamos antes está algo jodida. Tal vez sea un problema de pilas, quién sabe. Pues bueno, esa siempre ha sido la sensación que he tenido tras leer autores de la Generación beat. Buenos libros, pero NO obras maestras. El único que tal vez se eleva por encima del montón es On the road (El el camino) de Kerouac, una novela muy interesante sobre América, que de todos modos sigue sin conquistar el alma de este servidor, cualidad indispensable en toda obra maestra. Pese a ello, me animé con Doctor Sax (Ediciones Escalera, 2013) y me llevé una grata sorpresa. Se trata de una novela semiautobiográfica sobre la infancia de Jack Duluoz (claro alter ego del autor) en Lowell, Massachussets. Marcada por el inconfundible estilo de escritura automática que catapultó a Kerouac al Olimpo de la Fama, la novela narra la historia de un chico que crece en un sórdido pueblo industrial de la América profunda, rodeado de visiones góticas que adquieren un significado simbólico y literario de gran relieve. El doctor Sax es el hombre misterioso que domina la imaginación de Jack, la sombra maléfica que lo acecha desde la oscuridad, un Fausto de nuestros días que forcejea entre el Bien y el Mal, tratando de derrotar la Serpiente del Mundo (¿el Diablo?) que habita en el Castillo. Las metáforas y los guiños a la literatura gótica y al mito fáustico son constantes a lo largo del libro, y demuestran ese gran talento narrativo de Kerouac que no acababa de ver del todo en On the road. Muy interesantes sobre todo los capítulos finales, cuando el chico por fin se decide a acercarse al Doctor Sax y vive con él extrañas experiencias oníricas, como sobrevolar Lowell, crear una pócima mágica para acabar con la Serpiente y eludir así la condena eterna o tener una visión panóramica del Mundo (véase Doctor Fausto de Mann o Melville y El diablo cojuelo de Vélez de Guevara). Aquí van un par de fragmentos:

"Ríes con tu carita alelada, juegas en las calles, no conoces la diferencia, incluso mi padre llevaba años advirtiéndomelo, todo se reduce a un tortuoso asunto con un nombre atractivo, es lo que llamamos VIVIR, o más bien PREGONAR... Cómo se desgastan las paredes de la vida, cómo se colapsan nuestras vigas maestras, nuestros tendones" (pág.: 91).

"Toda tu América, dice Sax, es como una densa colmena balzaciana a punto de caramelo. Y de pronto, allí mismo, sin ninguna razón aparente, enfurece, como si fuera a explotar o incubara un eructo, como un toro a punto de vomitar un barril de sangre, ja ja je je ja, y eructa, je je ja ja, ahí se acerca de nuevo, por el otro lado, tiemblo de pies a cabeza, salto para esquivar la guadaña de su risa. Luego veo su mirada lasciva que se oculta, y vuelve a reír. Esta noche la Serpiente será aniquilada...
Míralos, dice Sax, mira tus campos, tu oscuridad, tu noche. Esta noche meteremos a todos los gusanos en la olla de la destrucción" (pág.: 223).

Esto ya es harina de otro costal. Bravo, Jack. Lectura de verano altamente recomendable para evadirse de la estancada y aburrida realidad que amenaza con tragarse el mundo. Felicidades a los editores de Escalera por la labor realizada en estos años: mejor publicar poco y bien que sacar basura hedionda a espuertas y colapsar el mercado y vendernos bicis sin sillín. Tomen nota muchos editores.


lunes, 3 de junio de 2013

TODO VA BIEN, de SOCRATES ADAMS



Me enteré de la existencia de este libro gracias al blog Escritos en el viento de mi buen amigo José Ángel Barrueco, quien, además de ser un excelente escritor, es uno de los mejores lectores que conozco y solo recomienda material de calidad, bien sean pelis o libros. De no haber sido por él, quién sabe cuándo hubiera leído esta preciosidad. Bueno, vamos a ver, imaginaos que sois escritores y habéis terminado una novela y esa novela se llama Todo va bien. Decidís mandarla, con toda la ilusión de este mundo, a la mayoría de editoriales y agentes literarios de este país a la espera de que alguien la publique o la represente de cara a su futura publicación. Dejando a un lado las posibles sorpresas (siempre las hay), os adelanto lo que van a contestar la mayoría de agentes y editores que se tomen la molestia de escribiros: "Bueno, no he entendido muy bien la historia... Es un libro absurdo... Hay pocos personajes y no tiene sentido que uno de ellos sea un bebé-tubo... Le falta intriga... Ahora lo que se lleva es la novela negra; ¿tienes algo de novela negra?... El estilo es muy simple... No sé si este libro es muy comercial... Quizá deberías ir a un taller de escritura..." Vamos a dejarlo antes de que me ahogue en mis propios vómitos. Digo esto porque tengo cada vez más la sensación de que la mayoría de personas que trabajan en el mundillo editorial (he dicho la mayoría, no todas) no tienen la más remota idea de lo que hacen y todo ese asunto de la literatura les viene enormemente grande. ¿Falta de lecturas? ¿Limitaciones mentales? ¿Lobotomización? ¿Problemas educativos? ¿Problemas emocionales? Ya no sé qué pensar, pero el caso es que estoy muy preocupado. La demostración de esto estriba en que uno se esperaría que esta maravillosa novela de Socrates Adams, escritor inglés revelación (al menos para mi gusto), saliera en alguna editorial de renombre como Anagrama, Random House o Planeta, y sin embargo la vemos publicada por Pálido Fuego, una pequeña editorial independiente de Málaga con las ideas muy claras y buen criterio literario. ¿No debería ser un deber de las editoriales poderosas hacernos llegar los mejores productos del mercado en lugar de los bodrios sobre vampiros y fin del mundo y novela negra? Estamos hasta los mismísimos cojones de novelas negra, así que dejad de atosigarnos tanto, joder. Por ello, felicito a los editores de Pálido Fuego por este descubrimiento y por mantener encendida una llama de esperanza, o mejor dicho un pálido fuego, en la literatura contemporánea. Ahora vamos a hablar del libro. Verán, es la historia de Ian, un vendedor de tuberías que sueña con viajar a los Alpes Franceses con Sandra, la chica de la agencia de viajes, y encontrar un poco de amor y felicidad. Nada más. Pero resulta que su jefe no está satisfecho con su trabajo y lo relega al puesto más miserable en la empresa: Encargadillo de Mierda. Luego le entrega un tubo y le dice que tendrá que cuidar de él como si fuera su hijo. Y encima lo observa con una webcam las veinticuatro horas de día. Delirante. Y resulta que Ian coge el tubo y le pone nombre Mildred, y empieza a hablarle y a tratarlo como un bebé de verdad. Le compra un carrito y lo lleva a pasear, le da de comer, lo acuesta. Esto, sumado a un estilo narrativo perfecto, hace que te descojones vivo durante la lectura, aunque es una risa amarga que oculta detrás un denso halo de tristeza, un mensaje directo para todas las personas sumisas que se dejan esclavizar por un trabajo alienante de oficina en el que la única esperanza es encontrar las fuerzas para levantarse al día siguiente. Porque la sumisión y la pasividad lo ahogan todo, y al final las cosas siempre salen al revés: los Alpes franceses se convierten en los Alpes Italianos, la atractiva Sandra es sustituida por tu jefe y el amor se va a tomar por saco en un abrir y cerrar de ojos. Una novela divertida, triste, profunda y sobre todo universal, pues todos hemos sido, somos o seremos Ian en algún momento de nuestras vidas. Algunos fragmentos excelentes:

"Toda interacción humana es una venta. Voy a venderte mi personalidad y mis atributos físicos mientras interactuamos. Voy a construir una relación de confianza genuina y cálida contigo. Voy a hacerte cientos de preguntas abiertas para que no puedas responder sí o no, y que de este modo nuestra conversación no acabe nunca. Voy a demostrarte que soy un oyente activo repitiéndote como respuesta todo lo que me digas de un modo condensado. Vamos a ser grandes amigos" (pág. 20).

"Steve dice que lo normal en los humanos es consumirlo todo y continuar queriendo más. ¡Por eso necesitamos comprar más cosas! Para poder consumirlas. AquaVeg es único porque puedes consumirlo y también puedes emplearlo para ganar dinero y comprar otras cosas para consumirlas. Ese es el sueño primordial de las personas que viven en nuestra cultura consumista" (pág. 96).

"Supongo que la principal diferencia entre los tubos y los humanos es que los tubos pueden aguantar la miseria, indefinidamente, sin volverse locos. Los seres humanos no pueden soportar toda esa desilusión y miseria sin que la mente se les haga picadillo... El problema de los humanos es que no saben para qué fueron fabricados. Ninguno sabe cuál es su estado natural. Por eso hay tantos que dan vueltas y provocan molestias y acaban no haciendo nada en toda su vida" (pág. 108).

Mejor lectura del año hasta el momento. Mi más sincera enhorabuena al autor y sobre todo a los editores de Pálido Fuego por brindarnos esta magnífica novela. Masterpiece.


jueves, 18 de abril de 2013

PEAJE, de JULIO DE LA ROSA



Hace unos años mi mujer, al poco de haber entrado a trabajar en el maravilloso mundo de las clínicas de reproducción asistida, volvió a casa y me dijo que el fin de semana habían organizado una cena con algunas compañeras y que se podía ir con las respectivas parejas. Recuerdo que cuando me lo anunció me puse a temblar. Una cena para conocer gente nueva y entablar nuevas amistades; dios, eso es para que a uno le dé un ataque de pánico, con lo tranquilo que estás en tu puta cada leyendo un buen libro o viendo Sálvame Deluxe. ¿A santo de qué vienen todas esas mierdas sociales? Bueno, el caso es que me armé de valor, me mentalicé bien y acudí a la cena. Y mira por cuanto me sientan justo al lado del capullo de turno, el novio de una de las doctoras, quien, según nos contó el mismo, gastaba entre ocho y nueve horas de su vida diaria sentado en un peaje de Barcelona. El tío (a partir de ahora El supermán del peaje) era uno de esos mierdas pequeñajos con las pupilas muy dilatadas (véase en google Efectos secundarios de la cocaína), muchos tics nerviosos y esa habla chulesca de quien tiene el ego por la nubes y siempre ha de quedar por encima de ti y tener la última palabra. Durante la cena me pasaron varias opciones por la cabeza:

A) Levantarme y sin proferir palabra meterle un codazo en la coronilla con un movimiento seco y descendiente;
B) Cojer el tenedor y clavárselo en un ojo y luego sacarle el ojo y enseñárselo;
C) Darle una patada en los cojones;
D) Preguntarle primero si ese ego desmesurado se debía a la inmensa frustración producida por el trabajo de mierda en el peaje, luego pasar a la opción A.

En fin, como podéis apreciar, todas las opciones son válidas y creo que depende más bien de la elección y del estado anímico de cada uno en un determinado momento. No hay más hilo de Ariadna que eso. Al final, y es algo del que me arrepentiré a lo largo de toda mi vida y que no consigo perdonarme y que me causó un trauma enorme que me llevaré a la tumba, opté por ignorarlo y solo lo hostigué con la mirada en un par de ocasiones. Una vez en el coche, le dije a mi mujer que esa era la última vez que iba a una cena con desconocidos (han pasado seis años y hasta ahora he cumplido con mi palabra).
¿Por qué os cuento toda esta mierda del supermán del peaje? Bueno, básicamente porque tras leerme el maravilloso libro de Julio de la Rosa (nuevo acierto de Tropo, a los que por cierto nos tienen acostumbrados últimamente) no pude dejar de pensar en él durante tres días y hasta me planteé irlo a buscar a su casa por la noche para meterle una paliza tremenda y luego tirarlo a un contenedor de basura. La novela de Julio, quien, además de escritor, es un músico de primera, es una auténtica delicia que se devora en un día por su ritmo hipnótico y musical, una historia de tomo y lomo narrada con originalidad, frases contundentes y un sarcasmo ácido y corrosivo que resulta muy eficaz. Como apunta Joan Luna en el prólogo, se trata de un libro ni corto ni largo, ni demasiado serio ni demasiado ligero. La trama es sencilla (como tiene que ser, coño): José Tudela trabaja en un peaje y ve pasar gente y coches todo el día, y mientras esos rayos de vida desfilan fugazmente a su lado, él se imagina sus existencias y las reconstruye con unos delirantes a la vez que poderosos monólogos interiores, todo marcado por el pegadizo estribillo que Jose repite sin cesar: seis cuarenta, precio del peaje que todos han de abonar y verdadero elemento aglutinante de la narración. Encerrado en su minúscula cabina durante ocho horas, el protagonista aumenta sus delirios y se dedica a leer los obituarios del periódico. Dice:

Me gustan los muertos. Devuélvanme a la vida, señores muertos. Y a la lectura. A ver qué hicieron estos para que tengamos que recordarles. Una vida entregada a algo. Es extraño. Me gustaría saber si fueron felices. "Nunca juzgues la felicidad de una persona hasta que no esté muerta. Solo entonces se revelará la verdad". Wayne Anthony Allwine (pág:16).

Y luego saca el tema de la policía estética, necesaria para que desaparezcan los zumbados, o la gente tóxica, como prefiráis decirlo:

Una policía estética, claro que sí. Estaría medio planeta entre rejas, habría trabajo para el resto y seríamos felices solo de no ver a gente como esa por ahí suelta... Porque no sé en qué momento nos hicimos inteligentes, pero deberíamos habernos quedado solo con la belleza. Hermosos y tontos. Hermosos e imbéciles. Sería todo mucho más fácil (pág: 24).

También  hay una reflexión hacia la mitad que me parece sin duda la más acertada del libro:

Carácter, ¿qué coño es el carácter? ¿Ser prepotente es tener carácter? ¿Ser un engreído? ¿Hablar muy alto? ¿Tener dotes de mando? Todos quieren tener una chica bonita a su lado, y cuando consiguen a la más guapa que pueden conseguir se quedan tranquilos. Luego se arrepienten, se arrepienten mil veces, porque cuando ya no ven la belleza, sino la persona que tienen delante, se dan cuenta de que están frente a una gilipollas, frente a una mediocre, frente a una de tantas... Por eso fracasa en realidad el matrimonio. Porque la gente no se casa con quien se lleva bien, sino con quien es guapo. Con la guapa. Y se quedan tan satisfechos. ¡Ya! Pero solo un rato. La belleza hace mucho daño, y en muchos sentidos (pág: 78).

Como siempre: pocas palabras para transmitir algo profundo. Si creéis que es sencillo, poneos a ello. Y olvidad todas las gilipolleces que os cuentan en las aulas de escritura. Si la mayoría de los profes (no todos, por suerte) no son capaces de crear algo así, ¿qué carajo os van a enseñar? Mejor guardaos el dinero de la matrícula para unas copas.
Dicho lo dicho, hay que tener en cuenta que en una novela como Peaje (y en muchas más, claro), igual que en una buena canción, se necesita un final logrado y contundente, un vía de escape que ponga la guinda en el pastel, y el libro lo tiene. Es un final anunciado por el narrador y esperado por el lector, pero se resuelve de manera brillante e incluso te saca unas risas, que siempre se agradecen en los tiempos que corren.
Como dice el prologuista, Julio de la Rosa no es un tío corriente, sino un rarito que se aleja del montón, un tipo retraído que siempre está estudiando su entorno. Y yo digo: bienvenidos sean los raritos, cojones, siempre y cuando nos regalen (en sentido figurado) joyas literarias como esta. Bueno, ahora os tengo que dejar. Por fin me he decidido: voy a buscar al supermán del peaje. Es un peso que me aplasta la conciencia y que ya no puedo soportar.



jueves, 11 de abril de 2013

IDILIO CON PERRO AHOGÁNDOSE, de MICHAEL KÖHLMEIER



Si entráis en la página web de la editorial Rayo Verde y pincháis en contacto se os abrirá una ventana con información acerca de la recepción de manuscritos, algo de sumo interés que más de un millón de potenciales escritores deben de haber leído ya en los seis o siete meses de vida de la editorial. Para los pocos que todavía no lo hayan visto, se lee lo siguiente:

Si desea enviarnos un original para que estudiemos su publicación, nos lo puede hacer llegar por correo postal o correo electrónico.

Antes de enviar el original le recomendamos que considere si su obra se adecúa a los criterios de publicación de nuestra editorial, resumiendo, publicaríamos a J.V.Foix y a Octavio Paz pero no a Dan Brown.

En los diez años que llevo conociendo a editores, agentes, editoriales grandes y pequeñas y viejas y nuevas, es la primera vez que leo algo tan explícito como: si escribes basura comercial, ahórrate los gastos de envío y vete un rato al gimnasio a correr en la cinta como un hámster estúpido. He conocido a gente con muy buenos propósitos, a editores que afirmaban apostar solo por la literatura de calidad, y luego ves que te sacan un tostón sobre vampiros, o una novela negra al uso porque eso es lo que se lleva, o algún bodrio infumable de algún listillo de la tele con el ego por la nubes, y entonces piensas en lo rápido que se va todo a tomar por culo en esta vida, entre ello los buenos propósitos. Hace una semana leí El libro de los cinco anillos del maestro Musashi, algo que todo guerrero (figurado o no) debería leer a lo largo de su vida, y me llamó mucho la atención una máxima aparentemente sencilla que decía: No hagas nada frívolo, nada que no tenga utilidad. Para que nos entendamos, un ejemplo de frivolidad en literatura sería Boris Izaguirre, alguien que pretende ser profundo y lo acaba siendo tanto como ese charco estancado y lleno de sapos llamado Telecinco. ¿Que hubiera hecho Musashi si se hubiera encontrado al amigo Boris en la calle? ¿Le hubiera cortado antes los huevos o la cabeza? Estas son la clase de preguntas que no me dejan dormir por la noche. Volviendo a Rayo Verde, llevo leídos tres de los títulos que han publicado hasta la fecha y todos me han parecido brillantes (véase reseña de Los leopardos de Kafka). Esta tarde, tras terminar Idilio con perro ahogándose, he corroborado que los principios de estos editores tienen unos cimientos muy sólidos y ojalá perduren durante muchos años (ventas permitiéndolo). Se trata de una novela breve (no llega a las cien páginas) con un título sugerente que enmarca la historia como si de un cuadro impresionista se tratase. Michael Köhlmeier, autor austríaco que no conocía ni de oído, nos sorprende con una narración fresca y profunda en la que reflexiona sobre la inmovilidad de la muerte y la fugacidad de la vida, todo teñido de evidentes tintes autobiográficos, pues su hija Paula murió a los 21 años en un accidente en la montaña, tal y como aquí se relata. Creo que no puede haber nada peor para unos padres que perder a un hijo, sobre todo a un hijo con esa edad, y todo ese halo de tristeza generado por la tragedia acompaña al lector desde las primeras líneas hasta el final. El libro empieza de manera curiosa: el editor del protagonista, un tal Dr. Beer, decide hacerle una visita a su casa para trabajar juntos en la nueva novela. Se trata de un hombre extravagante con el que el protagonista guarda cierta distancia, incluso pasados unos días, y al que además le cuesta tutear. En la narración no hay misterios ni pasan cosas desorbitadas, pero la grandeza de la obra está en las metáforas universales que recrean ciertas situaciones, como cuando Monika, la mujer del autor, le enseña al Dr. Beer una jungla a pequeña escala que ha montado en el salón, como si fuera un invernadero. En ella hay, entre otras cosas: 

"... un camaleón que cambia de color si no se toca, una docena de monos, King Kong, un tiranosaurio rex, un leopardo y una pantera, ambos de porcelana, ambos de tamaño real, lagartijas, libélulas, mariposas, centenares de pájaros... También, tal vez incluso lo primero que salta a la vista del espectador, las muñecas con su eterna mirada de Mona Lisa, las máscaras que contemplan ausentes el espacio desde sus ojos vacíos y, esparcido encima de todo aquello, un sinfín de flores de seda y distintos productos artificiales, que podrían dar a pensar que aguarda (o está al acecho) un mundo extraño, sofocante, en cuyo seno late el corazón de las tinieblas..." (pág.: 26).

Y luego por supuesto está lo del perro, descrito de manera magistral por el autor y resuelto con un soprendente final, cuando el protagonista y el editor bajan juntos al Antiguo Rin y se encuentran a un perro abandonado, el mismo con el que unos días antes había dado el Dr. Beer durante un paseo en solitario. El animal está tumbado en la fina capa de hielo que recubre un lago, hasta que de repente todo cede bajo su peso y empieza la pesadilla: tres páginas de una intensidad majestuosa en las que se describe la lucha del hombre y del animal contra ese gran enemigo llamado Muerte, ese espíritu despectivo que nos sigue a todas partes, listo para golpearnos con su guadaña cuando menos lo esperemos.
En definitiva, un libro muy recomendable por el módico precio de 12 euros, una catana tan afilada que hasta el mismo Musashi, o lo que queda de él en la tumba, se quitaría el sombrero. Esperemos que sigan los buenos propósitos de estos editores y con ellos la literatura de calidad