jueves, 11 de abril de 2013

IDILIO CON PERRO AHOGÁNDOSE, de MICHAEL KÖHLMEIER



Si entráis en la página web de la editorial Rayo Verde y pincháis en contacto se os abrirá una ventana con información acerca de la recepción de manuscritos, algo de sumo interés que más de un millón de potenciales escritores deben de haber leído ya en los seis o siete meses de vida de la editorial. Para los pocos que todavía no lo hayan visto, se lee lo siguiente:

Si desea enviarnos un original para que estudiemos su publicación, nos lo puede hacer llegar por correo postal o correo electrónico.

Antes de enviar el original le recomendamos que considere si su obra se adecúa a los criterios de publicación de nuestra editorial, resumiendo, publicaríamos a J.V.Foix y a Octavio Paz pero no a Dan Brown.

En los diez años que llevo conociendo a editores, agentes, editoriales grandes y pequeñas y viejas y nuevas, es la primera vez que leo algo tan explícito como: si escribes basura comercial, ahórrate los gastos de envío y vete un rato al gimnasio a correr en la cinta como un hámster estúpido. He conocido a gente con muy buenos propósitos, a editores que afirmaban apostar solo por la literatura de calidad, y luego ves que te sacan un tostón sobre vampiros, o una novela negra al uso porque eso es lo que se lleva, o algún bodrio infumable de algún listillo de la tele con el ego por la nubes, y entonces piensas en lo rápido que se va todo a tomar por culo en esta vida, entre ello los buenos propósitos. Hace una semana leí El libro de los cinco anillos del maestro Musashi, algo que todo guerrero (figurado o no) debería leer a lo largo de su vida, y me llamó mucho la atención una máxima aparentemente sencilla que decía: No hagas nada frívolo, nada que no tenga utilidad. Para que nos entendamos, un ejemplo de frivolidad en literatura sería Boris Izaguirre, alguien que pretende ser profundo y lo acaba siendo tanto como ese charco estancado y lleno de sapos llamado Telecinco. ¿Que hubiera hecho Musashi si se hubiera encontrado al amigo Boris en la calle? ¿Le hubiera cortado antes los huevos o la cabeza? Estas son la clase de preguntas que no me dejan dormir por la noche. Volviendo a Rayo Verde, llevo leídos tres de los títulos que han publicado hasta la fecha y todos me han parecido brillantes (véase reseña de Los leopardos de Kafka). Esta tarde, tras terminar Idilio con perro ahogándose, he corroborado que los principios de estos editores tienen unos cimientos muy sólidos y ojalá perduren durante muchos años (ventas permitiéndolo). Se trata de una novela breve (no llega a las cien páginas) con un título sugerente que enmarca la historia como si de un cuadro impresionista se tratase. Michael Köhlmeier, autor austríaco que no conocía ni de oído, nos sorprende con una narración fresca y profunda en la que reflexiona sobre la inmovilidad de la muerte y la fugacidad de la vida, todo teñido de evidentes tintes autobiográficos, pues su hija Paula murió a los 21 años en un accidente en la montaña, tal y como aquí se relata. Creo que no puede haber nada peor para unos padres que perder a un hijo, sobre todo a un hijo con esa edad, y todo ese halo de tristeza generado por la tragedia acompaña al lector desde las primeras líneas hasta el final. El libro empieza de manera curiosa: el editor del protagonista, un tal Dr. Beer, decide hacerle una visita a su casa para trabajar juntos en la nueva novela. Se trata de un hombre extravagante con el que el protagonista guarda cierta distancia, incluso pasados unos días, y al que además le cuesta tutear. En la narración no hay misterios ni pasan cosas desorbitadas, pero la grandeza de la obra está en las metáforas universales que recrean ciertas situaciones, como cuando Monika, la mujer del autor, le enseña al Dr. Beer una jungla a pequeña escala que ha montado en el salón, como si fuera un invernadero. En ella hay, entre otras cosas: 

"... un camaleón que cambia de color si no se toca, una docena de monos, King Kong, un tiranosaurio rex, un leopardo y una pantera, ambos de porcelana, ambos de tamaño real, lagartijas, libélulas, mariposas, centenares de pájaros... También, tal vez incluso lo primero que salta a la vista del espectador, las muñecas con su eterna mirada de Mona Lisa, las máscaras que contemplan ausentes el espacio desde sus ojos vacíos y, esparcido encima de todo aquello, un sinfín de flores de seda y distintos productos artificiales, que podrían dar a pensar que aguarda (o está al acecho) un mundo extraño, sofocante, en cuyo seno late el corazón de las tinieblas..." (pág.: 26).

Y luego por supuesto está lo del perro, descrito de manera magistral por el autor y resuelto con un soprendente final, cuando el protagonista y el editor bajan juntos al Antiguo Rin y se encuentran a un perro abandonado, el mismo con el que unos días antes había dado el Dr. Beer durante un paseo en solitario. El animal está tumbado en la fina capa de hielo que recubre un lago, hasta que de repente todo cede bajo su peso y empieza la pesadilla: tres páginas de una intensidad majestuosa en las que se describe la lucha del hombre y del animal contra ese gran enemigo llamado Muerte, ese espíritu despectivo que nos sigue a todas partes, listo para golpearnos con su guadaña cuando menos lo esperemos.
En definitiva, un libro muy recomendable por el módico precio de 12 euros, una catana tan afilada que hasta el mismo Musashi, o lo que queda de él en la tumba, se quitaría el sombrero. Esperemos que sigan los buenos propósitos de estos editores y con ellos la literatura de calidad



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