sábado, 20 de julio de 2013

FAUBOURG, de GEORGES SIMENON


Aviso a navegantes sin rumbo, o mejor dicho chivatazo veraniego a editores desnortados. El otro día, en el aeropuerto de Milán, di con esta novela del gran Georges Simenon recién publicada por Adelphi y la leí durante el vuelo que me devolvió a Barcelona. Se trata sin duda de uno de los mejores libros del prolífico escritor belga, al menos de los que he podido leer (recuerdo que se ha sacado de la manga la friolera de 220 obras y ha vendido más de 500 millones de libros). 136 páginas escritas magistralmente y con un giro final digno de un maestro. La historia es sencilla, como suele ocurrir con las grandes novelas: René De Ritter, cuarentón que ha viajado por el mundo haciendo uso de picaresca y apañándose con trabajos humildes, vuelve a su pueblo en compañía de Léa, una mujer que conoció en un burdel, con la intención de hacerse rico a costa de sus paisanos catetos, por ejemplo vendiendo una esmerarla a un precio desorbitado u orquestando fraudes de poca monta con la complicidad de su compañera. Pero las cosas no salen como esperado, y René se ve arrastrado por ese torbellino de recuerdos y amarguras que lo hicieron huir cuando tenía dieciocho años. ¿Por qué demonios ha vuelto a su pueblo natal después de tanto tiempo? ¿Tal vez para contar sus aventuras por el mundo a esos pobres paletos y ganarse su respeto? ¿Y si Léa tuviera razón cuando le dice que no es más que un aficionado? ¿Por qué se empecina tanto en quedarse en ese pueblo de mala muerte? Aquí va un breve fragmento:

"È l'occasione buona per andarcene..."
Ma lui non aveva nessuna voglia di partire. Gli era piombata addosso una specie di stanchezza. Era partito troppe volte nella sua vita. Non aveva fatto altro che partire. Ora, anche se pieno di rabbia, provava il bisogno di girovagare per quelle strade, di riconoscere i muri, i profili, le insegne dei negozi e perfino di sentir dire: "È morto per una bronchite". Quanti relitti! Quanti divorzi! E nuovi matrimoni! E gente che aveva cambiato mestiere, senza motivo (pág.: 61).

Novela maravillosa, ideal para todos aquellos que en algún momento de su vida sintieron la necesidad de sacudirse la inercia gris de su pueblo y salieron en busca de aventuras y de un futuro mejor. ¿Alguien se anima a publicarla en España? Apuesta segura.



viernes, 12 de julio de 2013

DOCTOR SAX, de JACK KEROUAC



No soy un gran admirador de Kerouac ni de la Generación beat pese a que le guardo mucho respeto, debo reconocerlo. Siempre he tenido la sensación de que se le ha otorgado más valor del que realmente tiene, más calidad de la que rezuman sus autores. Pero bueno, la vida está repleta de situaciones como esa, de infravaloraciones y sobrevaloraciones que acaban minando el equilibrio de la balanza de la existencia. ¿Queréis un ejemplo ad hoc? Pues coged a cualquier libro de Vila-matas o Javier Cercas o José María Guelbenzu y después leed Morir y vivir en Lavapiés (Ediciones Escalera, 2012) de José Ángel Barrueco (lo releí por segunda vez la semana pasada y es una bomba). Los primeros gozan de un gran reconocimiento a nivel mundial (los felicito desde aquí y me alegro mucho), mientras que el segundo se mueve por el underground literario madrileño y lo más probable es que pocos lo conozcan más allá de su blog y menos aún fuera de España. Sin embargo, ninguna de las obras de estos supuestos grandes autores alcanza el nivel del libro de Barrueco, ni siquiera de lejos. Se trata de ser objetivos y honestos, pese a que para gustos hay colores. Si no me creéis, haced el experimento y luego hablamos. ¿Qué significa esto? En realidad no mucho, simplemente que la balanza de la que hablamos antes está algo jodida. Tal vez sea un problema de pilas, quién sabe. Pues bueno, esa siempre ha sido la sensación que he tenido tras leer autores de la Generación beat. Buenos libros, pero NO obras maestras. El único que tal vez se eleva por encima del montón es On the road (El el camino) de Kerouac, una novela muy interesante sobre América, que de todos modos sigue sin conquistar el alma de este servidor, cualidad indispensable en toda obra maestra. Pese a ello, me animé con Doctor Sax (Ediciones Escalera, 2013) y me llevé una grata sorpresa. Se trata de una novela semiautobiográfica sobre la infancia de Jack Duluoz (claro alter ego del autor) en Lowell, Massachussets. Marcada por el inconfundible estilo de escritura automática que catapultó a Kerouac al Olimpo de la Fama, la novela narra la historia de un chico que crece en un sórdido pueblo industrial de la América profunda, rodeado de visiones góticas que adquieren un significado simbólico y literario de gran relieve. El doctor Sax es el hombre misterioso que domina la imaginación de Jack, la sombra maléfica que lo acecha desde la oscuridad, un Fausto de nuestros días que forcejea entre el Bien y el Mal, tratando de derrotar la Serpiente del Mundo (¿el Diablo?) que habita en el Castillo. Las metáforas y los guiños a la literatura gótica y al mito fáustico son constantes a lo largo del libro, y demuestran ese gran talento narrativo de Kerouac que no acababa de ver del todo en On the road. Muy interesantes sobre todo los capítulos finales, cuando el chico por fin se decide a acercarse al Doctor Sax y vive con él extrañas experiencias oníricas, como sobrevolar Lowell, crear una pócima mágica para acabar con la Serpiente y eludir así la condena eterna o tener una visión panóramica del Mundo (véase Doctor Fausto de Mann o Melville y El diablo cojuelo de Vélez de Guevara). Aquí van un par de fragmentos:

"Ríes con tu carita alelada, juegas en las calles, no conoces la diferencia, incluso mi padre llevaba años advirtiéndomelo, todo se reduce a un tortuoso asunto con un nombre atractivo, es lo que llamamos VIVIR, o más bien PREGONAR... Cómo se desgastan las paredes de la vida, cómo se colapsan nuestras vigas maestras, nuestros tendones" (pág.: 91).

"Toda tu América, dice Sax, es como una densa colmena balzaciana a punto de caramelo. Y de pronto, allí mismo, sin ninguna razón aparente, enfurece, como si fuera a explotar o incubara un eructo, como un toro a punto de vomitar un barril de sangre, ja ja je je ja, y eructa, je je ja ja, ahí se acerca de nuevo, por el otro lado, tiemblo de pies a cabeza, salto para esquivar la guadaña de su risa. Luego veo su mirada lasciva que se oculta, y vuelve a reír. Esta noche la Serpiente será aniquilada...
Míralos, dice Sax, mira tus campos, tu oscuridad, tu noche. Esta noche meteremos a todos los gusanos en la olla de la destrucción" (pág.: 223).

Esto ya es harina de otro costal. Bravo, Jack. Lectura de verano altamente recomendable para evadirse de la estancada y aburrida realidad que amenaza con tragarse el mundo. Felicidades a los editores de Escalera por la labor realizada en estos años: mejor publicar poco y bien que sacar basura hedionda a espuertas y colapsar el mercado y vendernos bicis sin sillín. Tomen nota muchos editores.


lunes, 3 de junio de 2013

TODO VA BIEN, de SOCRATES ADAMS



Me enteré de la existencia de este libro gracias al blog Escritos en el viento de mi buen amigo José Ángel Barrueco, quien, además de ser un excelente escritor, es uno de los mejores lectores que conozco y solo recomienda material de calidad, bien sean pelis o libros. De no haber sido por él, quién sabe cuándo hubiera leído esta preciosidad. Bueno, vamos a ver, imaginaos que sois escritores y habéis terminado una novela y esa novela se llama Todo va bien. Decidís mandarla, con toda la ilusión de este mundo, a la mayoría de editoriales y agentes literarios de este país a la espera de que alguien la publique o la represente de cara a su futura publicación. Dejando a un lado las posibles sorpresas (siempre las hay), os adelanto lo que van a contestar la mayoría de agentes y editores que se tomen la molestia de escribiros: "Bueno, no he entendido muy bien la historia... Es un libro absurdo... Hay pocos personajes y no tiene sentido que uno de ellos sea un bebé-tubo... Le falta intriga... Ahora lo que se lleva es la novela negra; ¿tienes algo de novela negra?... El estilo es muy simple... No sé si este libro es muy comercial... Quizá deberías ir a un taller de escritura..." Vamos a dejarlo antes de que me ahogue en mis propios vómitos. Digo esto porque tengo cada vez más la sensación de que la mayoría de personas que trabajan en el mundillo editorial (he dicho la mayoría, no todas) no tienen la más remota idea de lo que hacen y todo ese asunto de la literatura les viene enormemente grande. ¿Falta de lecturas? ¿Limitaciones mentales? ¿Lobotomización? ¿Problemas educativos? ¿Problemas emocionales? Ya no sé qué pensar, pero el caso es que estoy muy preocupado. La demostración de esto estriba en que uno se esperaría que esta maravillosa novela de Socrates Adams, escritor inglés revelación (al menos para mi gusto), saliera en alguna editorial de renombre como Anagrama, Random House o Planeta, y sin embargo la vemos publicada por Pálido Fuego, una pequeña editorial independiente de Málaga con las ideas muy claras y buen criterio literario. ¿No debería ser un deber de las editoriales poderosas hacernos llegar los mejores productos del mercado en lugar de los bodrios sobre vampiros y fin del mundo y novela negra? Estamos hasta los mismísimos cojones de novelas negra, así que dejad de atosigarnos tanto, joder. Por ello, felicito a los editores de Pálido Fuego por este descubrimiento y por mantener encendida una llama de esperanza, o mejor dicho un pálido fuego, en la literatura contemporánea. Ahora vamos a hablar del libro. Verán, es la historia de Ian, un vendedor de tuberías que sueña con viajar a los Alpes Franceses con Sandra, la chica de la agencia de viajes, y encontrar un poco de amor y felicidad. Nada más. Pero resulta que su jefe no está satisfecho con su trabajo y lo relega al puesto más miserable en la empresa: Encargadillo de Mierda. Luego le entrega un tubo y le dice que tendrá que cuidar de él como si fuera su hijo. Y encima lo observa con una webcam las veinticuatro horas de día. Delirante. Y resulta que Ian coge el tubo y le pone nombre Mildred, y empieza a hablarle y a tratarlo como un bebé de verdad. Le compra un carrito y lo lleva a pasear, le da de comer, lo acuesta. Esto, sumado a un estilo narrativo perfecto, hace que te descojones vivo durante la lectura, aunque es una risa amarga que oculta detrás un denso halo de tristeza, un mensaje directo para todas las personas sumisas que se dejan esclavizar por un trabajo alienante de oficina en el que la única esperanza es encontrar las fuerzas para levantarse al día siguiente. Porque la sumisión y la pasividad lo ahogan todo, y al final las cosas siempre salen al revés: los Alpes franceses se convierten en los Alpes Italianos, la atractiva Sandra es sustituida por tu jefe y el amor se va a tomar por saco en un abrir y cerrar de ojos. Una novela divertida, triste, profunda y sobre todo universal, pues todos hemos sido, somos o seremos Ian en algún momento de nuestras vidas. Algunos fragmentos excelentes:

"Toda interacción humana es una venta. Voy a venderte mi personalidad y mis atributos físicos mientras interactuamos. Voy a construir una relación de confianza genuina y cálida contigo. Voy a hacerte cientos de preguntas abiertas para que no puedas responder sí o no, y que de este modo nuestra conversación no acabe nunca. Voy a demostrarte que soy un oyente activo repitiéndote como respuesta todo lo que me digas de un modo condensado. Vamos a ser grandes amigos" (pág. 20).

"Steve dice que lo normal en los humanos es consumirlo todo y continuar queriendo más. ¡Por eso necesitamos comprar más cosas! Para poder consumirlas. AquaVeg es único porque puedes consumirlo y también puedes emplearlo para ganar dinero y comprar otras cosas para consumirlas. Ese es el sueño primordial de las personas que viven en nuestra cultura consumista" (pág. 96).

"Supongo que la principal diferencia entre los tubos y los humanos es que los tubos pueden aguantar la miseria, indefinidamente, sin volverse locos. Los seres humanos no pueden soportar toda esa desilusión y miseria sin que la mente se les haga picadillo... El problema de los humanos es que no saben para qué fueron fabricados. Ninguno sabe cuál es su estado natural. Por eso hay tantos que dan vueltas y provocan molestias y acaban no haciendo nada en toda su vida" (pág. 108).

Mejor lectura del año hasta el momento. Mi más sincera enhorabuena al autor y sobre todo a los editores de Pálido Fuego por brindarnos esta magnífica novela. Masterpiece.


jueves, 18 de abril de 2013

PEAJE, de JULIO DE LA ROSA



Hace unos años mi mujer, al poco de haber entrado a trabajar en el maravilloso mundo de las clínicas de reproducción asistida, volvió a casa y me dijo que el fin de semana habían organizado una cena con algunas compañeras y que se podía ir con las respectivas parejas. Recuerdo que cuando me lo anunció me puse a temblar. Una cena para conocer gente nueva y entablar nuevas amistades; dios, eso es para que a uno le dé un ataque de pánico, con lo tranquilo que estás en tu puta cada leyendo un buen libro o viendo Sálvame Deluxe. ¿A santo de qué vienen todas esas mierdas sociales? Bueno, el caso es que me armé de valor, me mentalicé bien y acudí a la cena. Y mira por cuanto me sientan justo al lado del capullo de turno, el novio de una de las doctoras, quien, según nos contó el mismo, gastaba entre ocho y nueve horas de su vida diaria sentado en un peaje de Barcelona. El tío (a partir de ahora El supermán del peaje) era uno de esos mierdas pequeñajos con las pupilas muy dilatadas (véase en google Efectos secundarios de la cocaína), muchos tics nerviosos y esa habla chulesca de quien tiene el ego por la nubes y siempre ha de quedar por encima de ti y tener la última palabra. Durante la cena me pasaron varias opciones por la cabeza:

A) Levantarme y sin proferir palabra meterle un codazo en la coronilla con un movimiento seco y descendiente;
B) Cojer el tenedor y clavárselo en un ojo y luego sacarle el ojo y enseñárselo;
C) Darle una patada en los cojones;
D) Preguntarle primero si ese ego desmesurado se debía a la inmensa frustración producida por el trabajo de mierda en el peaje, luego pasar a la opción A.

En fin, como podéis apreciar, todas las opciones son válidas y creo que depende más bien de la elección y del estado anímico de cada uno en un determinado momento. No hay más hilo de Ariadna que eso. Al final, y es algo del que me arrepentiré a lo largo de toda mi vida y que no consigo perdonarme y que me causó un trauma enorme que me llevaré a la tumba, opté por ignorarlo y solo lo hostigué con la mirada en un par de ocasiones. Una vez en el coche, le dije a mi mujer que esa era la última vez que iba a una cena con desconocidos (han pasado seis años y hasta ahora he cumplido con mi palabra).
¿Por qué os cuento toda esta mierda del supermán del peaje? Bueno, básicamente porque tras leerme el maravilloso libro de Julio de la Rosa (nuevo acierto de Tropo, a los que por cierto nos tienen acostumbrados últimamente) no pude dejar de pensar en él durante tres días y hasta me planteé irlo a buscar a su casa por la noche para meterle una paliza tremenda y luego tirarlo a un contenedor de basura. La novela de Julio, quien, además de escritor, es un músico de primera, es una auténtica delicia que se devora en un día por su ritmo hipnótico y musical, una historia de tomo y lomo narrada con originalidad, frases contundentes y un sarcasmo ácido y corrosivo que resulta muy eficaz. Como apunta Joan Luna en el prólogo, se trata de un libro ni corto ni largo, ni demasiado serio ni demasiado ligero. La trama es sencilla (como tiene que ser, coño): José Tudela trabaja en un peaje y ve pasar gente y coches todo el día, y mientras esos rayos de vida desfilan fugazmente a su lado, él se imagina sus existencias y las reconstruye con unos delirantes a la vez que poderosos monólogos interiores, todo marcado por el pegadizo estribillo que Jose repite sin cesar: seis cuarenta, precio del peaje que todos han de abonar y verdadero elemento aglutinante de la narración. Encerrado en su minúscula cabina durante ocho horas, el protagonista aumenta sus delirios y se dedica a leer los obituarios del periódico. Dice:

Me gustan los muertos. Devuélvanme a la vida, señores muertos. Y a la lectura. A ver qué hicieron estos para que tengamos que recordarles. Una vida entregada a algo. Es extraño. Me gustaría saber si fueron felices. "Nunca juzgues la felicidad de una persona hasta que no esté muerta. Solo entonces se revelará la verdad". Wayne Anthony Allwine (pág:16).

Y luego saca el tema de la policía estética, necesaria para que desaparezcan los zumbados, o la gente tóxica, como prefiráis decirlo:

Una policía estética, claro que sí. Estaría medio planeta entre rejas, habría trabajo para el resto y seríamos felices solo de no ver a gente como esa por ahí suelta... Porque no sé en qué momento nos hicimos inteligentes, pero deberíamos habernos quedado solo con la belleza. Hermosos y tontos. Hermosos e imbéciles. Sería todo mucho más fácil (pág: 24).

También  hay una reflexión hacia la mitad que me parece sin duda la más acertada del libro:

Carácter, ¿qué coño es el carácter? ¿Ser prepotente es tener carácter? ¿Ser un engreído? ¿Hablar muy alto? ¿Tener dotes de mando? Todos quieren tener una chica bonita a su lado, y cuando consiguen a la más guapa que pueden conseguir se quedan tranquilos. Luego se arrepienten, se arrepienten mil veces, porque cuando ya no ven la belleza, sino la persona que tienen delante, se dan cuenta de que están frente a una gilipollas, frente a una mediocre, frente a una de tantas... Por eso fracasa en realidad el matrimonio. Porque la gente no se casa con quien se lleva bien, sino con quien es guapo. Con la guapa. Y se quedan tan satisfechos. ¡Ya! Pero solo un rato. La belleza hace mucho daño, y en muchos sentidos (pág: 78).

Como siempre: pocas palabras para transmitir algo profundo. Si creéis que es sencillo, poneos a ello. Y olvidad todas las gilipolleces que os cuentan en las aulas de escritura. Si la mayoría de los profes (no todos, por suerte) no son capaces de crear algo así, ¿qué carajo os van a enseñar? Mejor guardaos el dinero de la matrícula para unas copas.
Dicho lo dicho, hay que tener en cuenta que en una novela como Peaje (y en muchas más, claro), igual que en una buena canción, se necesita un final logrado y contundente, un vía de escape que ponga la guinda en el pastel, y el libro lo tiene. Es un final anunciado por el narrador y esperado por el lector, pero se resuelve de manera brillante e incluso te saca unas risas, que siempre se agradecen en los tiempos que corren.
Como dice el prologuista, Julio de la Rosa no es un tío corriente, sino un rarito que se aleja del montón, un tipo retraído que siempre está estudiando su entorno. Y yo digo: bienvenidos sean los raritos, cojones, siempre y cuando nos regalen (en sentido figurado) joyas literarias como esta. Bueno, ahora os tengo que dejar. Por fin me he decidido: voy a buscar al supermán del peaje. Es un peso que me aplasta la conciencia y que ya no puedo soportar.



jueves, 11 de abril de 2013

IDILIO CON PERRO AHOGÁNDOSE, de MICHAEL KÖHLMEIER



Si entráis en la página web de la editorial Rayo Verde y pincháis en contacto se os abrirá una ventana con información acerca de la recepción de manuscritos, algo de sumo interés que más de un millón de potenciales escritores deben de haber leído ya en los seis o siete meses de vida de la editorial. Para los pocos que todavía no lo hayan visto, se lee lo siguiente:

Si desea enviarnos un original para que estudiemos su publicación, nos lo puede hacer llegar por correo postal o correo electrónico.

Antes de enviar el original le recomendamos que considere si su obra se adecúa a los criterios de publicación de nuestra editorial, resumiendo, publicaríamos a J.V.Foix y a Octavio Paz pero no a Dan Brown.

En los diez años que llevo conociendo a editores, agentes, editoriales grandes y pequeñas y viejas y nuevas, es la primera vez que leo algo tan explícito como: si escribes basura comercial, ahórrate los gastos de envío y vete un rato al gimnasio a correr en la cinta como un hámster estúpido. He conocido a gente con muy buenos propósitos, a editores que afirmaban apostar solo por la literatura de calidad, y luego ves que te sacan un tostón sobre vampiros, o una novela negra al uso porque eso es lo que se lleva, o algún bodrio infumable de algún listillo de la tele con el ego por la nubes, y entonces piensas en lo rápido que se va todo a tomar por culo en esta vida, entre ello los buenos propósitos. Hace una semana leí El libro de los cinco anillos del maestro Musashi, algo que todo guerrero (figurado o no) debería leer a lo largo de su vida, y me llamó mucho la atención una máxima aparentemente sencilla que decía: No hagas nada frívolo, nada que no tenga utilidad. Para que nos entendamos, un ejemplo de frivolidad en literatura sería Boris Izaguirre, alguien que pretende ser profundo y lo acaba siendo tanto como ese charco estancado y lleno de sapos llamado Telecinco. ¿Que hubiera hecho Musashi si se hubiera encontrado al amigo Boris en la calle? ¿Le hubiera cortado antes los huevos o la cabeza? Estas son la clase de preguntas que no me dejan dormir por la noche. Volviendo a Rayo Verde, llevo leídos tres de los títulos que han publicado hasta la fecha y todos me han parecido brillantes (véase reseña de Los leopardos de Kafka). Esta tarde, tras terminar Idilio con perro ahogándose, he corroborado que los principios de estos editores tienen unos cimientos muy sólidos y ojalá perduren durante muchos años (ventas permitiéndolo). Se trata de una novela breve (no llega a las cien páginas) con un título sugerente que enmarca la historia como si de un cuadro impresionista se tratase. Michael Köhlmeier, autor austríaco que no conocía ni de oído, nos sorprende con una narración fresca y profunda en la que reflexiona sobre la inmovilidad de la muerte y la fugacidad de la vida, todo teñido de evidentes tintes autobiográficos, pues su hija Paula murió a los 21 años en un accidente en la montaña, tal y como aquí se relata. Creo que no puede haber nada peor para unos padres que perder a un hijo, sobre todo a un hijo con esa edad, y todo ese halo de tristeza generado por la tragedia acompaña al lector desde las primeras líneas hasta el final. El libro empieza de manera curiosa: el editor del protagonista, un tal Dr. Beer, decide hacerle una visita a su casa para trabajar juntos en la nueva novela. Se trata de un hombre extravagante con el que el protagonista guarda cierta distancia, incluso pasados unos días, y al que además le cuesta tutear. En la narración no hay misterios ni pasan cosas desorbitadas, pero la grandeza de la obra está en las metáforas universales que recrean ciertas situaciones, como cuando Monika, la mujer del autor, le enseña al Dr. Beer una jungla a pequeña escala que ha montado en el salón, como si fuera un invernadero. En ella hay, entre otras cosas: 

"... un camaleón que cambia de color si no se toca, una docena de monos, King Kong, un tiranosaurio rex, un leopardo y una pantera, ambos de porcelana, ambos de tamaño real, lagartijas, libélulas, mariposas, centenares de pájaros... También, tal vez incluso lo primero que salta a la vista del espectador, las muñecas con su eterna mirada de Mona Lisa, las máscaras que contemplan ausentes el espacio desde sus ojos vacíos y, esparcido encima de todo aquello, un sinfín de flores de seda y distintos productos artificiales, que podrían dar a pensar que aguarda (o está al acecho) un mundo extraño, sofocante, en cuyo seno late el corazón de las tinieblas..." (pág.: 26).

Y luego por supuesto está lo del perro, descrito de manera magistral por el autor y resuelto con un soprendente final, cuando el protagonista y el editor bajan juntos al Antiguo Rin y se encuentran a un perro abandonado, el mismo con el que unos días antes había dado el Dr. Beer durante un paseo en solitario. El animal está tumbado en la fina capa de hielo que recubre un lago, hasta que de repente todo cede bajo su peso y empieza la pesadilla: tres páginas de una intensidad majestuosa en las que se describe la lucha del hombre y del animal contra ese gran enemigo llamado Muerte, ese espíritu despectivo que nos sigue a todas partes, listo para golpearnos con su guadaña cuando menos lo esperemos.
En definitiva, un libro muy recomendable por el módico precio de 12 euros, una catana tan afilada que hasta el mismo Musashi, o lo que queda de él en la tumba, se quitaría el sombrero. Esperemos que sigan los buenos propósitos de estos editores y con ellos la literatura de calidad



sábado, 30 de marzo de 2013

LA CHICA ZOMBIE, de LAURA FERNÁNDEZ



Si alguien me parara en la calle y me preguntara a bocajarro qué opino de los primeros dos libros que me leí de Laura Fernández (Bienvenidos a Welcome y Wendolin Kramer), probablemente le diría que están bastante bien, que dejan entrever a una narradora original y con ideas interesantes. ¿Me han gustado? Diría que sí. ¿Me han entusiasmado? Diría que no. ¿El problema? Aunque la historia era divertida, le faltaba algo de profundidad. Creo que esa es una de las grandes asignaturas pendiente de la denominada Generación Nocilla (no sé si Laura se siente parte integrante del grupo o no, pero sin duda comparte ciertos aspectos estéticos-literarios con ellos), algo que le resta peso e importancia a toda la originalidad de la que hacen alarde. Todo muy cool, todo muy guay, todo "pijamente" y socialmente comprometido, todo muy rompedor, y sin embargo te lees una de esas novelas y acabas teniendo la sensación de que te han timado, de que te han colado un gol por debajo de las piernas y ni te has dado cuenta. Es como ir a una pastelería y ver en la vitrina un bombón de nata y virutas de chocolate por el que empiezas a formar pompas de bava. Oiga, ¿cuánto vale? Cinco euros, te dice la dependienta. Lo compras por el aspecto pese al precio desorbitado, y cuando le metes el primer mordisco te das cuenta de que por dentro está vacío, de que no es más que un invólucro bonito que sabe a nata y virutas de chocolate. Resultado: te cagas en la dependienta y en la tienda. Algo parecido me pasa a mí con la generación Nocilla, y el nombre ayuda a que la comparación con el bombón sea más efectiva. Repito: sobrevalorar es peligroso. No somos imbéciles, señores editores, y cada vez compramos menos motos con pedales. Con Laura, sin embargo, pensé que había un talento allí escondido que no tardaría en subir a flote, y tuve la confirmación cuando me leí (o más bien me devoré) su última novela: La chica zombie. Aquí por fin encontré a la narradora que andaba buscando, a esa voz que se desvincula de lo jodidamente cool para darnos a la vez una lección de originalidad, de talento narrativo y, sobre todo, de profundidad. La sinfonía literaria que nos ofrece nos lleva por el tormentoso mundo de la adolescencia, donde Erin Fancher (me encantan los nombres de los personajes, que conste), una chica de dieciséis años con los problemas típicos de esa edad, se despierta una mañana convertida en zombie, o al menos eso cree ella, ya que todos la ven más o menos normal, a excepción del puto Billy el psicópata Servant, el niño raro del que todo el mundo rehúye. Es un mosaico de líos juveniles, de incompresiones, de celos y de envidia, una historia sobre lo difícil que es dejar de ser niño, lo duro que es vadear las aguas tormentosas de la adolescencia y, por encima de todo, aprender a ser uno mismo, venciendo las inseguridades que nos acosan como sombras despectivas vayamos adonde vayamos. Están todos los moldes de Dios: la chica Más Popular del Instituto (Shirley), el guaperas ligón (Reeve De Marco), el raro marginado (Billy Servant), el macarra (Lero Kirby), los simios amigos del macarra, el pusilánime (Eliot Brante) y por supuesto la insegura Erin Fancher, nuestra Chica Zombie; es decir, toda esa retahíla de personajes que pululan a nuestro alrededor en el día a día. Pero no es solo una novela sobre la adolescencia, sino que en paralelo se desarrolla también el drama de los adultos, véase la absurda relación entre el gordo Rigan Sanders, el director del instituto, y Velma Ellis (Pelma para los amigos), la profesora suplente de Lengua. Gente que no sabe lo que quiere, tipos que siguen cargando con las piedras de la adolescencia al igual que Sísifo, el tío condenado a subir una jodida roca hasta la cima de la montaña y luego bajarla y así repetir toda la operación para la eternidad. El mundo que se refleja en esta novela es tremendamente actual, y cualquiera podría encontrar paralelismos con su vida o la de su vecino. Es una novela tierna, una mezcla, como se apunta en la contracubierta, entre La Metamorfosis de Kafka y Carrie de Stephen King que desde luego no deja indiferente al lector e invita a la reflexión. El estilo es fluido (se nota que a la autora le gusta Fante), divertido, cortante y a ratos corrosivo, marcado por esas frases profundas que tanto había echado en falta en los dos libros anteriores:

Cuando uno tiene dieciséis años está acostumbrado a vérselas a diario con monstruos del tamaño de elefantes. Monstruos como un cero y medio en Lengua, Wanda Olmos en el vestuario o tu diario en el cajón de los calcetines, monstruos como el chico que te gusta enamorado de tu mejor amiga, aparatos en los dientes durante los próximos veinte años, como soñar que te tiras a Billy Servant y te gusta, como que en realidad no entiendes por qué haces lo que haces pero lo haces de todas formas. Ese tipo de monstruos (pág.: 43).

Reeve se quedó al otro lado, pensando en que no estaría nada mal tener un interruptor en algún lugar para poder apagarse de vez en cuando. Como se apagaban las consolas cuando estabas harto de jugar (pág.: 255).  

Un libro para disfrutar en tu casa, en la playa, en la montaña, en la bañera o en el trabajo, una novela que demuestra que el talento, tarde o temprano, siempre acaba saliendo a la luz para enseñarnos su rostro más risueño, por mucho que nos lo unten con espesas capas de Nocilla. Escritora revelación.


martes, 19 de marzo de 2013

SOLO DE LO PERDIDO, de CARLOS CASTÁN



A veces oigo voces por la noche o cuando paseo en solitario por las calles de Barcelona. Son como un susurro que se va haciendo cada vez más atiplado y que acaba sumiéndome en una especie de trance. Alguien podría decir: "Qué clase de mierda es esa?". La respuesta es sencilla: son nuestros miedos, los que nos escoltan por la existencia y hacen que todo parezca un poquito más jodido de lo que esperábamos en un principio. Miedo a perderlo todo, a no volver a conseguirlo, a quedarse solo en el mundo. Miedo a lo desconocido, a que ignoren tus libros, a que te zahieran. Miedo a relacionarse con los demás, a la soledad, a la locura. Miedo a que te digan, como apunta Carlos Castán en este precioso libro, la peor frase de todas: "Tenemos que hablar":

Tenemos que hablar es una de las frases más terribles que existen en nuestro idioma. Nadie dice eso cuando va a darte una buena noticia, una prórroga o un respiro. Tenemos que hablar es el pánico (pág.: 93).

Sólo de lo perdido es un libro de relatos de una calidad extraordinaria que te sumerge por completo en el melancólico universo de un autor que juega con las palabras como el malabarista con el fuego. Él nunca llega a quemarse, y al final la que arde es tu mente. Es la historia de trenes perdidos, de ocasiones derrochadas, de tardes vacías, de sueños que nunca llegan a cumplirse y de los días que se repiten hasta la muerte. Pero es también una elucubración profunda de la existencia humana, de su cara y de su cruz, de como todo puede joderse en un abrir y cerrar de ojos, y solo nos queda consolarse con ese puñado de vida que guardamos entre las manos como polvo del desierto.
Escuela de la muerte es quizá uno de los mejores relatos que haya leído jamás. Fijaos en el comienzo:

"Existe una clase de horror que solo se respira en las ciudades de provincia, nunca en un aldea y mucho menos en una urbe de verdad. Y no tiene que ver con la estrechez de los horizontes, ni con la falta de salas de cine o lo interminable de los inviernos con sus tardes en bares mal iluminados, la baraja manoseada y el café que siempre se queda frío un segundo antes de llegar a los labios. Y tampoco con esa mediocridad de chismes y tenderos, y familias de toda la vida, y bostezos y caciques. Lo peor de todo no es eso.
Lo terrible, según yo pienso, es que un buen número de personas se mueren mucho antes de morirse. Llega su hora, pero sin embargo ellas continúan viviendo. De buena gana les llevaríamos flores al cementerio si no fuera porque, extrañamente, no se encuentran allí, sino paseando por las calles o en un piso cualquiera a escasas manzanas de tu casa. Son personas que tuvieron su gran momento en la historia de nuestras vidas, a veces un papel estelar...
El olvido es una atrocidad y es a la vez la inocencia, tiene esa doble cara de los perores monstruos (guiño, intencionado o no, a La ignorancia, obra maestra del inmortal Kundera).

Y luego esto, del relato El aire que me espía:

Un viaje, además, tiene siempre un reverso, una cara oculta que no por permanecer invisible debe dejarse de tener en cuenta: viajar no solo es transportar tu presencia a otros parajes, sino crear tu falta en el lugar en que vives, hacer que alguien diga: "Dónde andará aquella sombra que acostumbraba a errar por estas calles?" o "Habrá muerto ya el tipo que solía acodarse en la esquina del final de la barra?", y la construcción de ese hueco, de ese vacío en el aire, supone a veces una aventura mayor, aunque secreta, que las vividas en la carretera (pág.: 34).

Las palabras de Carlos son como dardos envenenados que se clavan a fondo en nuestros corazones, son derviches que nos parten el alma en dos, y hacen que los supuestos grandes escritores, aquellos de los que hablan los periódicos y que nos venden en los quioscos, se vuelvan tan pequeños e insignificantes como ese polvo del desierto que encerramos en el puño tras el enésimo batacazo. No me encontraba frente a un escritor español tan poderoso desde Mateo Alemán, y solo he tenido que esperar cuatrocientos años. Si pienso que hay gente que lleva dos mis años esperando a un tío llamado Mesías, tampoco es tanto. Como siempre, depende de los puntos de vista.