jueves, 11 de abril de 2013

IDILIO CON PERRO AHOGÁNDOSE, de MICHAEL KÖHLMEIER



Si entráis en la página web de la editorial Rayo Verde y pincháis en contacto se os abrirá una ventana con información acerca de la recepción de manuscritos, algo de sumo interés que más de un millón de potenciales escritores deben de haber leído ya en los seis o siete meses de vida de la editorial. Para los pocos que todavía no lo hayan visto, se lee lo siguiente:

Si desea enviarnos un original para que estudiemos su publicación, nos lo puede hacer llegar por correo postal o correo electrónico.

Antes de enviar el original le recomendamos que considere si su obra se adecúa a los criterios de publicación de nuestra editorial, resumiendo, publicaríamos a J.V.Foix y a Octavio Paz pero no a Dan Brown.

En los diez años que llevo conociendo a editores, agentes, editoriales grandes y pequeñas y viejas y nuevas, es la primera vez que leo algo tan explícito como: si escribes basura comercial, ahórrate los gastos de envío y vete un rato al gimnasio a correr en la cinta como un hámster estúpido. He conocido a gente con muy buenos propósitos, a editores que afirmaban apostar solo por la literatura de calidad, y luego ves que te sacan un tostón sobre vampiros, o una novela negra al uso porque eso es lo que se lleva, o algún bodrio infumable de algún listillo de la tele con el ego por la nubes, y entonces piensas en lo rápido que se va todo a tomar por culo en esta vida, entre ello los buenos propósitos. Hace una semana leí El libro de los cinco anillos del maestro Musashi, algo que todo guerrero (figurado o no) debería leer a lo largo de su vida, y me llamó mucho la atención una máxima aparentemente sencilla que decía: No hagas nada frívolo, nada que no tenga utilidad. Para que nos entendamos, un ejemplo de frivolidad en literatura sería Boris Izaguirre, alguien que pretende ser profundo y lo acaba siendo tanto como ese charco estancado y lleno de sapos llamado Telecinco. ¿Que hubiera hecho Musashi si se hubiera encontrado al amigo Boris en la calle? ¿Le hubiera cortado antes los huevos o la cabeza? Estas son la clase de preguntas que no me dejan dormir por la noche. Volviendo a Rayo Verde, llevo leídos tres de los títulos que han publicado hasta la fecha y todos me han parecido brillantes (véase reseña de Los leopardos de Kafka). Esta tarde, tras terminar Idilio con perro ahogándose, he corroborado que los principios de estos editores tienen unos cimientos muy sólidos y ojalá perduren durante muchos años (ventas permitiéndolo). Se trata de una novela breve (no llega a las cien páginas) con un título sugerente que enmarca la historia como si de un cuadro impresionista se tratase. Michael Köhlmeier, autor austríaco que no conocía ni de oído, nos sorprende con una narración fresca y profunda en la que reflexiona sobre la inmovilidad de la muerte y la fugacidad de la vida, todo teñido de evidentes tintes autobiográficos, pues su hija Paula murió a los 21 años en un accidente en la montaña, tal y como aquí se relata. Creo que no puede haber nada peor para unos padres que perder a un hijo, sobre todo a un hijo con esa edad, y todo ese halo de tristeza generado por la tragedia acompaña al lector desde las primeras líneas hasta el final. El libro empieza de manera curiosa: el editor del protagonista, un tal Dr. Beer, decide hacerle una visita a su casa para trabajar juntos en la nueva novela. Se trata de un hombre extravagante con el que el protagonista guarda cierta distancia, incluso pasados unos días, y al que además le cuesta tutear. En la narración no hay misterios ni pasan cosas desorbitadas, pero la grandeza de la obra está en las metáforas universales que recrean ciertas situaciones, como cuando Monika, la mujer del autor, le enseña al Dr. Beer una jungla a pequeña escala que ha montado en el salón, como si fuera un invernadero. En ella hay, entre otras cosas: 

"... un camaleón que cambia de color si no se toca, una docena de monos, King Kong, un tiranosaurio rex, un leopardo y una pantera, ambos de porcelana, ambos de tamaño real, lagartijas, libélulas, mariposas, centenares de pájaros... También, tal vez incluso lo primero que salta a la vista del espectador, las muñecas con su eterna mirada de Mona Lisa, las máscaras que contemplan ausentes el espacio desde sus ojos vacíos y, esparcido encima de todo aquello, un sinfín de flores de seda y distintos productos artificiales, que podrían dar a pensar que aguarda (o está al acecho) un mundo extraño, sofocante, en cuyo seno late el corazón de las tinieblas..." (pág.: 26).

Y luego por supuesto está lo del perro, descrito de manera magistral por el autor y resuelto con un soprendente final, cuando el protagonista y el editor bajan juntos al Antiguo Rin y se encuentran a un perro abandonado, el mismo con el que unos días antes había dado el Dr. Beer durante un paseo en solitario. El animal está tumbado en la fina capa de hielo que recubre un lago, hasta que de repente todo cede bajo su peso y empieza la pesadilla: tres páginas de una intensidad majestuosa en las que se describe la lucha del hombre y del animal contra ese gran enemigo llamado Muerte, ese espíritu despectivo que nos sigue a todas partes, listo para golpearnos con su guadaña cuando menos lo esperemos.
En definitiva, un libro muy recomendable por el módico precio de 12 euros, una catana tan afilada que hasta el mismo Musashi, o lo que queda de él en la tumba, se quitaría el sombrero. Esperemos que sigan los buenos propósitos de estos editores y con ellos la literatura de calidad. 



sábado, 30 de marzo de 2013

LA CHICA ZOMBIE, de LAURA FERNÁNDEZ



Si alguien me parara en la calle y me preguntara a bocajarro qué opino de los primeros dos libros que me leí de Laura Fernández (Bienvenidos a Welcome y Wendolin Kramer), probablemente le diría que están bastante bien, que dejan entrever a una narradora original y con ideas interesantes. ¿Me han gustado? Diría que sí. ¿Me han entusiasmado? Diría que no. ¿El problema? Aunque la historia era divertida, le faltaba algo de profundidad. Creo que esa es una de las grandes asignaturas pendiente de la denominada Generación Nocilla (no sé si Laura se siente parte integrante del grupo o no, pero sin duda comparte ciertos aspectos estéticos-literarios con ellos), algo que le resta peso e importancia a toda la originalidad de la que hacen alarde. Todo muy cool, todo muy guay, todo "pijamente" y socialmente comprometido, todo muy rompedor, y sin embargo te lees una de esas novelas y acabas teniendo la sensación de que te han timado, de que te han colado un gol por debajo de las piernas y ni te has dado cuenta. Es como ir a una pastelería y ver en la vitrina un bombón de nata y virutas de chocolate por el que empiezas a formar pompas de bava. Oiga, ¿cuánto vale? Cinco euros, te dice la dependienta. Lo compras por el aspecto pese al precio desorbitado, y cuando le metes el primer mordisco te das cuenta de que por dentro está vacío, de que no es más que un invólucro bonito que sabe a nata y virutas de chocolate. Resultado: te cagas en la dependienta y en la tienda. Algo parecido me pasa a mí con la generación Nocilla, y el nombre ayuda a que la comparación con el bombón sea más efectiva. Repito: sobrevalorar es peligroso. No somos imbéciles, señores editores, y cada vez compramos menos motos con pedales. Con Laura, sin embargo, pensé que había un talento allí escondido que no tardaría en subir a flote, y tuve la confirmación cuando me leí (o más bien me devoré) su última novela: La chica zombie. Aquí por fin encontré a la narradora que andaba buscando, a esa voz que se desvincula de lo jodidamente cool para darnos a la vez una lección de originalidad, de talento narrativo y, sobre todo, de profundidad. La sinfonía literaria que nos ofrece nos lleva por el tormentoso mundo de la adolescencia, donde Erin Fancher (me encantan los nombres de los personajes, que conste), una chica de dieciséis años con los problemas típicos de esa edad, se despierta una mañana convertida en zombie, o al menos eso cree ella, ya que todos la ven más o menos normal, a excepción del puto Billy el psicópata Servant, el niño raro del que todo el mundo rehúye. Es un mosaico de líos juveniles, de incompresiones, de celos y de envidia, una historia sobre lo difícil que es dejar de ser niño, lo duro que es vadear las aguas tormentosas de la adolescencia y, por encima de todo, aprender a ser uno mismo, venciendo las inseguridades que nos acosan como sombras despectivas vayamos adonde vayamos. Están todos los moldes de Dios: la chica Más Popular del Instituto (Shirley), el guaperas ligón (Reeve De Marco), el raro marginado (Billy Servant), el macarra (Lero Kirby), los simios amigos del macarra, el pusilánime (Eliot Brante) y por supuesto la insegura Erin Fancher, nuestra Chica Zombie; es decir, toda esa retahíla de personajes que pululan a nuestro alrededor en el día a día. Pero no es solo una novela sobre la adolescencia, sino que en paralelo se desarrolla también el drama de los adultos, véase la absurda relación entre el gordo Rigan Sanders, el director del instituto, y Velma Ellis (Pelma para los amigos), la profesora suplente de Lengua. Gente que no sabe lo que quiere, tipos que siguen cargando con las piedras de la adolescencia al igual que Sísifo, el tío condenado a subir una jodida roca hasta la cima de la montaña y luego bajarla y así repetir toda la operación para la eternidad. El mundo que se refleja en esta novela es tremendamente actual, y cualquiera podría encontrar paralelismos con su vida o la de su vecino. Es una novela tierna, una mezcla, como se apunta en la contracubierta, entre La Metamorfosis de Kafka y Carrie de Stephen King que desde luego no deja indiferente al lector e invita a la reflexión. El estilo es fluido (se nota que a la autora le gusta Fante), divertido, cortante y a ratos corrosivo, marcado por esas frases profundas que tanto había echado en falta en los dos libros anteriores:

Cuando uno tiene dieciséis años está acostumbrado a vérselas a diario con monstruos del tamaño de elefantes. Monstruos como un cero y medio en Lengua, Wanda Olmos en el vestuario o tu diario en el cajón de los calcetines, monstruos como el chico que te gusta enamorado de tu mejor amiga, aparatos en los dientes durante los próximos veinte años, como soñar que te tiras a Billy Servant y te gusta, como que en realidad no entiendes por qué haces lo que haces pero lo haces de todas formas. Ese tipo de monstruos (pág.: 43).

Reeve se quedó al otro lado, pensando en que no estaría nada mal tener un interruptor en algún lugar para poder apagarse de vez en cuando. Como se apagaban las consolas cuando estabas harto de jugar (pág.: 255).  

Un libro para disfrutar en tu casa, en la playa, en la montaña, en la bañera o en el trabajo, una novela que demuestra que el talento, tarde o temprano, siempre acaba saliendo a la luz para enseñarnos su rostro más risueño, por mucho que nos lo unten con espesas capas de Nocilla. Escritora revelación.


martes, 19 de marzo de 2013

SOLO DE LO PERDIDO, de CARLOS CASTÁN



A veces oigo voces por la noche o cuando paseo en solitario por las calles de Barcelona. Son como un susurro que se va haciendo cada vez más atiplado y que acaba sumiéndome en una especie de trance. Alguien podría decir: "Qué clase de mierda es esa?". La respuesta es sencilla: son nuestros miedos, los que nos escoltan por la existencia y hacen que todo parezca un poquito más jodido de lo que esperábamos en un principio. Miedo a perderlo todo, a no volver a conseguirlo, a quedarse solo en el mundo. Miedo a lo desconocido, a que ignoren tus libros, a que te zahieran. Miedo a relacionarse con los demás, a la soledad, a la locura. Miedo a que te digan, como apunta Carlos Castán en este precioso libro, la peor frase de todas: "Tenemos que hablar":

Tenemos que hablar es una de las frases más terribles que existen en nuestro idioma. Nadie dice eso cuando va a darte una buena noticia, una prórroga o un respiro. Tenemos que hablar es el pánico (pág.: 93).

Sólo de lo perdido es un libro de relatos de una calidad extraordinaria que te sumerge por completo en el melancólico universo de un autor que juega con las palabras como el malabarista con el fuego. Él nunca llega a quemarse, y al final la que arde es tu mente. Es la historia de trenes perdidos, de ocasiones derrochadas, de tardes vacías, de sueños que nunca llegan a cumplirse y de los días que se repiten hasta la muerte. Pero es también una elucubración profunda de la existencia humana, de su cara y de su cruz, de como todo puede joderse en un abrir y cerrar de ojos, y solo nos queda consolarse con ese puñado de vida que guardamos entre las manos como polvo del desierto.
Escuela de la muerte es quizá uno de los mejores relatos que haya leído jamás. Fijaos en el comienzo:

"Existe una clase de horror que solo se respira en las ciudades de provincia, nunca en un aldea y mucho menos en una urbe de verdad. Y no tiene que ver con la estrechez de los horizontes, ni con la falta de salas de cine o lo interminable de los inviernos con sus tardes en bares mal iluminados, la baraja manoseada y el café que siempre se queda frío un segundo antes de llegar a los labios. Y tampoco con esa mediocridad de chismes y tenderos, y familias de toda la vida, y bostezos y caciques. Lo peor de todo no es eso.
Lo terrible, según yo pienso, es que un buen número de personas se mueren mucho antes de morirse. Llega su hora, pero sin embargo ellas continúan viviendo. De buena gana les llevaríamos flores al cementerio si no fuera porque, extrañamente, no se encuentran allí, sino paseando por las calles o en un piso cualquiera a escasas manzanas de tu casa. Son personas que tuvieron su gran momento en la historia de nuestras vidas, a veces un papel estelar...
El olvido es una atrocidad y es a la vez la inocencia, tiene esa doble cara de los perores monstruos (guiño, intencionado o no, a La ignorancia, obra maestra del inmortal Kundera).

Y luego esto, del relato El aire que me espía:

Un viaje, además, tiene siempre un reverso, una cara oculta que no por permanecer invisible debe dejarse de tener en cuenta: viajar no solo es transportar tu presencia a otros parajes, sino crear tu falta en el lugar en que vives, hacer que alguien diga: "Dónde andará aquella sombra que acostumbraba a errar por estas calles?" o "Habrá muerto ya el tipo que solía acodarse en la esquina del final de la barra?", y la construcción de ese hueco, de ese vacío en el aire, supone a veces una aventura mayor, aunque secreta, que las vividas en la carretera (pág.: 34).

Las palabras de Carlos son como dardos envenenados que se clavan a fondo en nuestros corazones, son derviches que nos parten el alma en dos, y hacen que los supuestos grandes escritores, aquellos de los que hablan los periódicos y que nos venden en los quioscos, se vuelvan tan pequeños e insignificantes como ese polvo del desierto que encerramos en el puño tras el enésimo batacazo. No me encontraba frente a un escritor español tan poderoso desde Mateo Alemán, y solo he tenido que esperar cuatrocientos años. Si pienso que hay gente que lleva dos mis años esperando a un tío llamado Mesías, tampoco es tanto. Como siempre, depende de los puntos de vista.


viernes, 15 de marzo de 2013

ALEHOP, de JOSÉ ANTONIO FORTUNY


No debería estar reseñando este libro, soy consciente de ello. Una de las reglas principales de este blog es recomendar únicamente aquellas obras redondas cuya calidad literaria supere de largo a la de la mayoría de los títulos que invaden cada día las librerías del mundo. Y, por supuesto, no es el caso de Alehop, verdadero boom editorial de los últimos meses y por el que felicito a su autor, José Antonio Fortuny, compañero en la agencia literaria Página Tres, ya que a todos nos gustaría que nuestro libro pegara un bombazo y se reseñara por todas partes. Desde hace años, José sufre una enfermedad neuromuscular que ha ido progresivamente paralizando su cuerpo, pero que no lo ha privado de su capacidad para comunicarnos su propia visión de la existencia. El hecho de que alguien con estos problemas consiga encontrar la fuerza y la motivación para ponerse a escribir es algo que se me antoja como un reto pantagruélico, una entelequia solo al alcance de unos pocos elegidos. Y lo que nos demuestra José es que la escritura es esperanza, es savia que nos mantiene vivos día tras días, es nuestra panacea para salir a la calle y poder soportar ese infierno llamado "existencia". No solo le deseo a José que siga escribiendo, sino que espero que la literatura lo haga volar más allá de los confines de la imaginación, allí donde ninguna silla de ruedas te podrá jamás anclar a la tierra. Dicho esto, creo que para hacer una crítica constructiva de un libro y dilucidar las cosas con objetividad siempre es menester separar al artista de la persona, al producto de quien lo ha escrito, y analizarlos por separado. La novela en cuestión, que Rosa Montero enaltece como "una farsa negrísima, angustiosamente divertida, ingeniosa, inteligente y muy actual", en realidad tiene algunos fallos importantes. Pese a que el autor demuestra un control de la lengua y unos conocimientos léxicos envidiables, la estructura flojea un poco y la historia a menudo parece traída por los pelos. En ella, se cuentan las vicisitudes de una pareja de ancianos que viven una serie de peripecias grotescas cuando su único objetivo es tener derecho a la ley de dependencia. Hay un poco de todo: la llegada de un circo al pueblo, recortes, un reality llamado Bigyayos sobre los ancianos, policía, malentendidos, locura, espiritismo, avaricia, falta de solidaridad, locos sueltos, falta de comunicación... La idea de la historia, concebida para reflejar un mundo a la deriva, no está mal, pero nos encontramos con una problema importante de ritmo, muy lento en la primera parte y algo precipitado al final. Además, se supone que este libro está pensado para hacer reír (recordemos la frase de Rosa Montero), y la verdad es que solo consiguió sacarme un par de sonrisas. No hay nada más difícil en literatura que hacer reír y reflexionar al mismo tiempo, y para ello hay que hacer alarde de toda la naturalidad posible o estamos fritos (las escenas del superjefe que se la chupa al director del reality o la del perro que se folla luego al mismo director desentonan y chirrían; no por su vulgaridad, sino porque no pintan nada ni aportan nada a la narración ni le dan fuerza). A veces incluso estamos fritos siendo naturales, o sea que imaginaos. Sin embargo, la novela tiene momentos interesantes y reflexiones que delatan a un buen escritor, de ahí que haga esta reseña. Fijaos en esto:

Si el mundo ya le parecía al anciano cada vez más caótico, más complicado de deglutir era esta juventud de tejanos ceñidos, que copulaban como conejos y se tatuaban rosas envueltas en alambres de espinos en la piel (pág.: 35).

Una de las reglas cardinales de un buen espectáculo es: nunca lo interrumpas abruptamente, en pleno funcionamiento, porque sería como si le quitaras el plato a un perro que está comiendo, o que un cantante se parase en medio de un estribillo que está siendo coreado. Cuando la rueda está girando, es muy peligroso meter la mano (pág.: 345). 

Espero ansioso la próxima novela de José, convencido de que se puede superar y dar el salto a la palestra de los grandes narradores. A él van todos mis mejores deseos y la esperanza de que siga escribiendo. 
 


miércoles, 27 de febrero de 2013

POLVO EN EL NEÓN, de CARLOS CASTÁN


La semana pasada acudí a la presentación del libro Polvo en el neón, de Carlos Castán, autor que me sonaba de oído y del que todavía no había leído nada. Participaban en el acto Dominique Leyva, autor de las maravillosas fotografías que acompañan la narración, y Lorenzo Silva, Premio Planeta 2012 (un día también compraré libros de Planeta, lo prometo. Tal vez cuando disponga de más dinero para gastar y no me perturbe tanto la mediocridad que nos despachan como si fuera buena literatura). Si os soy sincero, últimamente me cuesta bastante acudir a eventos literarios, más aún si en ellos hay editores o periodistas o escritores con el ego por las nubes. Me aterroriza la idea de tener que intercambiar frases de circunstancia con algún payaso que te habla del mundo editorial como si guardara en el bolsillo la fórmula de la eterna juventud. Se creen todos muy listos y SIEMPRE necesitan hablarte de ELLOS. SIEMPRE. Algunos incluso se toman la molestia de darte consejos sin conocerte de nada, sin haber leído un carajo de lo que haces. Te hablan de cosas COOL y van de GUAYS y hablan de RECURSOS LITERARIOS y al final te das cuenta de que más que genios son unos pobres diablos que no tienen dónde caerse muertos. Como decía, cada vez me da más miedo ir a presentaciones y correr el riesgo innecesario de verme con uno de esos tipejos. No sé qué coño me pasa últimamente. Estoy asustado, eso es. Asustado de ese gran mecanismo desvencijado que es la existencia, asustado ante la falta total de esperanza del mundo actual, asustado de las alimañas que corretean sueltas por ahí, listas para tenderte una emboscada. El otro día hablé con mi mujer acerca de la posibilidad de suicidarme cuando cumpla treinta años, es decir dentro de unos meses. Estoy cansado y necesito irme a un sitio donde las cosas por fin tengan sentido. El otro barrio me parecía el mejor El Dorado que uno pueda encontrar en este momento, pero luego fui a la susodicha presentación y algo se desbloqueó dentro de mí. En primer lugar, conocí a Carlos Castán y a Dominique Leyva, dos personas estupendas, humildes y muy respetuosas. También intercambié opiniones con Óscar Sipán, editor de Tropo y escritor brillante. Después me leí la novela El polvo en el neón, y entonces decidí aplazar lo del suicidio al menos hasta el año que viene. Lorenzo Silva, durante su amena presentación, dijo que Carlos es actualmente el mejor escritor español vivo en circulación. No sé si es el mejor, y detesto poner etiquetas de este tipo porque para ello hay que conocerlos a todos y cada uno, pero sin duda es uno de los mejores que haya leído, de esos que se cuentan con los dedos de una mano. La novela, cuyo título me remitió inevitablemente a Pregúntale al polvo de John Fante (es absolutamente inconcebible que un editor o alguien que se dedique a la criba de manuscritos no tenga esta lectura), es una historia breve de poco más de sesenta páginas donde se reúne todo el significado del amor, el desamor y la soledad del ser humano. Todo. Las palabras escogidas son perfectas, el ritmo es majestuoso y los protagonistas representan a todos los seres humanos que habitan ese planeta llamado Tierra. La historia transcurre en la mítica Rute 66: Quinn está al volante y a su lado está Jessica, su amante. Se trata de una de sus escapadas extramatrimoniales en algún motel de carretera, mientras la mujer de él, Sally, está en casa esperándolo. El coche es el verdadero elemento aglutinante de la narración y de hecho es ahí donde los dos amantes tuvieron su primer encuentro, con la calefacción a tope, a salvo de un mundo gélido que llenaba de escarcha los cristales de las ventanillas (pág.: 21). Conceptos como el amor y la soledad también desempeñan un papel fundamental:

A veces las cosas son así de sencillas, lo dicen las revistas: nos abandonamos, nos vamos dejando sin darnos cuenta, dejamos de decir las palabras mágicas apartando el pelo que tapaba la orejita y en su lugar nos echamos pedos sin el menor disimulo y mantenemos durante horas el canal de deportes (pág.: 41).

Parecían claras las cosas al principio, buscar moteles sucios, arrancarse la ropa, decirse las palabras que despiertan al monstruo (pág.: 49).

El amor siempre requiere poner sobre la mesa la idea de futuro. Y al deseo lo pudre tan pronto como puede, y pide a cambio flores, masajes en la espalda, reclama paseos con las manos unidas por calles y vergeles, y toda esa confusión de proyectos, facturas y violines (pág.: 53. SOBERBIA).  

Jessica hizo todo el camino de vuelta con la cabeza apoyada en la ventanilla del autobús. Le apareció que anochecía más rápidamente que otras veces como si el día tuviese prisa por morir. Decidió no dejarse llevar, apretar los dientes y pensar en todo lo que ella valía, en peleas de hombres por conseguir su compañía a la puerta de un bar (pág.: 63).

Y, finalmente:

A Quinn le parece que esa duda es ya en sí misma el amor porque, sobre todo a partir de cierta edad, el amor tiene naturaleza de pregunta... A la edad de Sally, a la de él mismo, el amor es un simple no saber, tener de repente miedo a un tren que se va y las horas que vendrán tras su partida, una oscuridad al llegar a casa que se mete en los huesos como niebla. Dudar ya es amar (pág.: 73). 

Polvo en el neón es ante todo una historia sencilla, pero está narrada de manera impecable y consigue transmitirnos en pocas páginas inquietudes que llevan siglos atosigando a la humanidad. Son libros que nos hacen reflexionar y que de alguna manera nos marcan para siempre. Dijo Carlos que lo escribió por encargo. Bueno, Hemingway también escribió El viejo y el mar por encargo en 1952 para la revista Life, y resulta que le granjeó el Pulitzer al año siguiente y el Nobel en 1954. Espero de corazón que Carlos siga esa senda. Cuando terminé la lectura, me sentí un poco más feliz y también un poco más afortunado. Afortunado de tener a mi lado a una mujer que me quiere, con la que solo nos llevamos veintiún años de diferencia, pero a la que espero entregar mi vida hasta que todo se convierta en polvo y solo quede la luz tenue de algún neón. Eso sí: si el mundo sigue tan agresivo y la sociedad continúa asustándome con su fábrica de monstruos, me veré obligado a atrincherarme en una colina de Montjuïc con mi mujer durante un tiempo indefinido, pero no os quepa la menor duda de que me llevaré, aparte de la ametralladora, claro, este maravilloso libro del señor Castán. Pasaremos sus páginas mientras decidimos a quién abatir primero. Es, sin lugar a duda, el mejor regalo que le podéis hacer a alguien en este momento.


domingo, 10 de febrero de 2013

LA CRIPTA DE LOS CAPUCHINOS, de Joseph Roth



En un país donde los sueldos son algo simbólico, por no decir una auténtica basura, y donde la picaresca reina soberana, es casi impensable entrar en una librería y gastarse veinte euros por llevarse un libro de doscientas páginas que la mayoría de las veces resulta ser un bodrio infumable de tres al cuarto. La gente está cansada de los timos, así que una buena opción podría ser rescatar los libros de segunda mano y acudir a los mercadillos, donde a veces podemos encontrar verdaderas joyas. Por La cripta de los capuchinos, una de las grandes novelas del siglo XX, apenas tuve que desembolsar cuatro euros, y encima me llevé la primera edición (foto). Si pensamos que un libro de Boris Izaguirre te vale unos veinticinco pavos, el despropósito adquiere dimensiones bíblicas. Vivimos en un mundo en transformación, un mundo en decadencia que galopa ciego hacia su triste fin, y encima se va dejando por el camino las preciadas alforjas de los derechos humanos. Si lo pensamos bien, el actual no es un panorama tan diferente del que describe Joseph Roth en esta fabulosa novela, donde el joven Trotta, heredero de una familia de origen humilde ennoblecida por el emperador Francisco José, empieza describiendo su vida en Viena justo antes de la Primera Guerra Mundial. Tras volver de la guerra, se casa con una muchacha caprichosa llamada Isabel y contempla, junto con la anciana madre, el declive de un mundo del que cada vez se siente más ajeno. Hacia el final, el protagonista bajará a la cripta a la que alude el título y donde está enterrado el emperador Francisco José, y allí confesará todo su fracaso. Una novela profunda, intensa y rebosante de frases memorables. Algunos pasajes:

¡Qué bondadosa es la naturaleza! Las carencias que regala la edad son una gracia. Nos regala el olvido, la sordera y la debilidad de los ojos a medida que envejecemos, y luego, poco antes de la muerte, un poco de confusión también. Las sombras que la muerte manda por adelantado son frescas y bienhechoras (pág.: 127).

Entonces me di cuenta por primera vez de por qué las mujeres aman sus casas y sus hogares más que sus maridos. Son ellas las que preparan el nido para los que han de venir, y las que con inconsciente alevosía enredan al hombre en una red difícil de pequeñas y diarias obligaciones, de las que ya nunca se pueden deshacer (pág.:132).

Siempre me ha parecido que los hombres que aman a los animales emplean en ellos una parte del amor que deberían darle a los seres humanos, y me di cuenta de lo justa que era esta apreciación cuando comprobé casualmente que los alemanes del Tercer Reich amaban a los perros lobos, a los pastores alemanes. "Pobres ovejas", me dije (pág.: 149).  

Cuatro euros a cambio de unas horas de literatura celestial. Impagable.  




martes, 22 de enero de 2013

EL CANTANTE DE GOSPEL, de HARRY CREWS



No se podría describir mejor la literatura de Harry Crews de como lo hizo el maestro de la palabra Álex Portero en la solapa:

"Los perdedores, los parias, los sucios, los ignorantes, los benditos grotescos, los violentos, los feos, las que les echan ovarios, los que les echan cojones a la vida, los que nunca ganan, los que sudan, los que se equivocan, los que acumulan cicatrices y heridas, los que no salen en las películas si no es para ser objeto de mofa, los que no aparecen en la publicidad, los que no existen, ni cuentan, los que solamente mueren en las estadísticas, todos y cada uno, agradecen al gran Harry Crews que haya sido su bardo terrible, que hiciera el trabajo sucio, contándolo sin ahorrarse detalles, y que lo convirtiera en alta literatura. Alguien tenía que hacerlo. Y nadie pudo haberlo hecho mejor".

Diez líneas sencillamente perfectas que ya de entrada nos dan una buena razón para comprar el libro. También tenemos el prólogo de Kiko Amat, algo largo para mi gusto (cerca de treinta páginas en las que no se consigue el denominado efecto "Álex Portero"), pero donde se explica con lujo de detalles la novela y la vida del autor.  
El cantante de gospel es, para ser mondos y lirondos, una auténtica bomba de relojería. Es lo único que se me ocurre para definirla. A diferencia de Cuerpo, novela de Crews publicada el año pasado siempre por Acuarela & Antonio Machado (dinamita pura y dura), este libro tiene ciertos problemas de ritmo (plenamente justificado al ser la primera obra del autor), pues el principio es muy lento y al final hay un cambio de marcha demasiado brusco y precipitado, como pasar de tercera a quinta en un Ferrari sin meter la cuarta. Pese a ello, la historia engancha casi desde la primera página (pasada la mitad ya es adicción) y nos adentra por completo en Enigma, un pueblo dejado de la mano de Dios en el estado de Georgia, en lo más profundo de América. Hay Enigmas por todo este país, leemos en la página 271, por todo el mundo, y en todas partes hay hombres que luchan por irse. El cantante de gospel, de quien ni sabemos el nombre al ser mencionado todo el tiempo por ese apodo, regresa a su pueblo natal, Enigma, junto con su representante para dar un concierto, y eso coincide con una feria de rarezas capitaneada por Pie, un ser grotesco con un pie enorme que sigue la estela del cantante a todas partes para sacar tajada de la multitud de gente que este moviliza. Como si fuera poco, todo esto coincide con el linchamiento planificado de un negro que está acusado de violar a la bella y querida MaryBell, exnovia del propio cantante. La narración avanza por un pantano de mentiras, violencia, racismo, barbarie, retraso y, cómo no, fanatismo religioso (muchos lugareños le atribuyen el cantante de gospel poderes curativos que no tiene) hasta un final tan sorprendente como duro. En semejante entramado de mentiras no hay sitio para la esperanza, ni para la gloria, ni mucho menos para el sentimiento común de humanidad. Leemos en un diálogo de la página 253:

"Solo quería señalar que cuando un hombre miente es porque le da vergüenza la verdad o porque desea que la mentira sea cierta".

El submundo existe, señores. Nos rodea y respira el mismo aire que nosotros, pero a veces ignoramos su existencia. Son gente a la deriva que sencillamente tratan de hacerlo lo mejor que pueden con el material que les ha tocado en suerte, y a menudo son aplastados por el enorme pie del amo destino sin haber tenido siquiera su oportunidad. No hay duda: se necesita la voz profunda de Harry Crews para hacer de contrapunto al falsete de Ken Follet y limitar así el maltrato de género (literario, claro). Así es, amigos: el destino nos reparte las cartas y nosotros jugamos la partida de la vida. Desde luego, es posible que el juego sea más llevadero con un libro de Crews bajo el brazo.