viernes, 23 de julio de 2010

Óscar Santos Payán y el baile de la berenjena


Descubrí la nueva editorial Ediciones Baladí por pura casualidad. Estaba dando vueltas por una librería del centro cuando de repente me fijé en un libro con un título interesante: “Anatomía de Caín”. Dos cosas me llamaron la atención: la edición muy cuidada y el hecho de que además fuera ilustrada, algo muy poco frecuente hoy en día. Me recordó las ediciones de principios de siglo del Buscón o del Lazarillo, esas joyas con forma de libro que desde hace tiempo descansan en paz en los anaqueles de mi biblioteca personal. Bueno, el hecho es que me leí ese libro y me puse a seguir los pasos de una editorial en cierne que se atrevía con semejantes ediciones y con obras que brillaban por la ausencia de templarios, vampiros y demás gilipollas. El siguiente lanzamiento fue “Un libro que podría titularse el baile de la berenjena” de un tal Óscar Santos Payán, autor que no conocía ni de oído. La novela fue una grata sorpresa, y más en un país donde se detecta cierto temor a la hora de publicar obras fluidas, directas, marcadas por una prosa sencilla y corrosiva al mismo tiempo. Óscar nos cuenta la historia de un joven adolescente que se forja en un pueblo imaginario de la España profunda llamado Cataratas de Mar, con sus sueños, sus inquietudes, sus primeros amoríos y sus decepciones. El protagonista crece página tras página y va descubriendo poco a poco el mundo de los adultos gracias también a los consejos del sabio Genaro, viajero incansable que ha regresado al pueblo con una maleta llena de experiencia. Leemos en la página 51:

La vida es un juego, y sólo conocemos el comienzo y el final. Lo demás son reglas inventadas por los hombres. Trucos que utilizamos para ir salvando los obstáculos que se cruzan en nuestro camino. Por eso nunca, si uno quiere, se es joven o viejo. La única diferencia es la forma de vivir”.

Y en la página 138:

“Genaro siempre repetía la misma frase: la naturaleza obra sin maestros. No era una frase suya. No me pregunten de quién. Creo recordar que era de algún sabio de esos que trabajan haciendo frases para que siglos después las repitamos nosotros”.

Luego está Jorgito, hijo del veterinario del pueblo, el amigo inseparable con quien el protagonista habla de la vida y del amor que siente por la bella e inalcanzable Rosario. Es su mano derecha, el apoyo en los momentos de dificultad, el guardián de los secretos del amor. En definitiva, el amigo que todos hemos tenido o buscado en algún momento de nuestra adolescencia.

Siempre he pensado que lo mejor que puede hacer un autor en su trayectoria literaria es escribir un libro sobre su adolescencia, añadiéndole por supuesto todas las dosis de ficción que se le antojen. Ésa será su obra maestra, por muchos libros que escriba después. Será su cofre mágico donde están guardados los recuerdos más tiernos, y le bastará hurgar entre los capítulos del libro para dar un salto atrás en el tiempo, para volver a sentirse niño y saborear el dulce aroma de los sueños.

Una buena novela escrita en primera persona, con sus tacos, su prosa fluida y una historia de seres humanos en la que priman los sentimientos. Sin vampiros, ni zombies, ni mierdosos consejos de autoayuda y, sobre todo, sin ningún jodido entresijo del jodido Vaticano. Lo único que tenemos aquí son emociones, emociones plasmadas en el papel que refrescan un poco este bochornoso crepúsculo literario.



domingo, 16 de mayo de 2010

FUCK AMÉRICA, Edgar Hilsenrath




Obra maestra. Soberbia, deliciosa y altamente corrosiva. Di con este libro por casualidad mientras observaba las últimas novedades en una librería del centro de Barcelona. El diseño de cubierta me resultó atractivo, así que cogí el libro y leí la primera página (ésa es mi treta habitual para saber, después de cinco o seis líneas, si me están vendiendo literatura o la mierda de marras). Me quedé boquiabierto y seguí leyendo hasta la segunda página. Frases rápidas y diálogos cortantes. Hojeé el libro, leí algunos párrafos al azar y luego me dirigí a la caja con la excitación típica de quien acaba de encontrar una cartera rebosante de billetes de cien euros en medio de cubos de basura apestosa. Un milagro. Llegué e casa y en menos de dos días devoré la historia de Jakob Bronsky, emigrante judío que en 1952 llega a América tras huir milagrosamente del gueto de Czernowitz. Al igual que el incansable Arturo Bandini del mítico John Fante, el protagonista es un aprendiz de escritor que se ve empujado a matricularse en la universidad de la vida y a cursar una asignatura obligatoria de primer ciclo: el sueño americano y sus peros. En la página 56 leemos:

Los emigrantes suelen sentarse en las primeras mesas, apretujados junto al amplio ventanal de la cafetería decorado con bizcochos de plástico de diferentes colores. Se sientan allí todas las tardes, contemplan Broadway Avenue, iluminada, y la esquina oeste de la calle 86, se cachondean de las putas, se cagan en América y en el sueño americano, se quejan de los coches grandes, la comida insípida, el mal café, los trabajos absurdos, maldicen a las avariciosas mujeres americanas que no se pueden permitir, hacen planes, planes para volver a Europa, hablan del pasado, pero jamás de la guerra, hablan de los viejos tiempos, de los cafés “donde había revistas a disposición del cliente y el café se servía con nata montada”, hablan de chicas que tuvieron en sus brazos “por una bagatela… no como aquí”, hablan de las enormes casa que tenían entonces, de sus criados, sus negocios. Todo iba bien: la comida era buena, las flores frescas, el cielo tenía un azul distinto y las calles estaban limpias. Sin negros. Sin portorriqueños.

Por este suburbio se mueve Jakob Bronsky, el gran artista al que el mundo aún no ha descubierto, y es aquí donde crece y se forja con la firme decisión de escribir una gran novela titulada EL PAJILLERO, a la vez que lucha por rescatar del olvido los horrores vividos durante el Holocausto y encontrar su lugar en el mundo.
Un cruce perfecto entre John Fante, Bukowsky y el Cormac Mccarthy de La carretera (por lo de los diálogos). Lectura imprescindible.

lunes, 22 de marzo de 2010

EL DÍA DE LA LANGOSTA, Nathanael West


Ding dong dang. Suenan las campanas y aquí estamos otra vez para recomendar un buen libro, de esos que no pueden faltar en la biblioteca de cualquier lector honrado. Otra vez nos situamos en Estados Unidos, patria de la mejor literatura mundial con clara diferencia, y nos vamos a 1939, año dorado en el que salieron nada más y nada menos que tres obras maestras: Pregúntale al polvo del maestro John Fante, Las uvas de la ira de Steinbeck y este Día de la langosta de Nathanael West, novela que nunca había llegado a mis manos hasta hace tan sólo un par de semanas. Es la historia de siete personajes que se mueven en el mundillo de Hollywood en los años treinta, cada uno retozando en su propio charco de sueños, desilusiones, y fracasos provocados por la imposibilidad de encontrar su sitio en un mundo de cartón en el que la suerte, y no el talento, es la única aliada del éxito. La escena final, cuando el pintor se ve atrapado en medio de la marabunta alocada que acude a un estreno y que a su paso lo arrasa todo igual que una plaga de langostas, es un auténtico prodigio ficcional. Reproduzco los párrafos estelares:

“Nuevos grupos de gente, familias enteras, seguían llegando. Tod se daba cuenta de cómo cambiaban en cuanto formaban parte de la multitud. Hasta que llegaban a ella andaban con paso inseguro, casi furtivo, pero en cuanto se integraban se volvían arrogantes y belicosos. Era un error considerarlos curiosos inofensivos. Eran salvajes amargados, especialmente los de mediana edad y los ancianos, y lo eran por culpa del aburrimiento y el desengaño. Durante toda su vida habían sido esclavos de alguna tarea pesada y monótona, detrás de mesas de oficina y mostradores, en los campos y entre toda clase de máquinas tediosas, y habían ahorrado cada centavo y soñado con el ocio del que disfrutarían cuando llegase la hora. Y luego, ese día llegaba. Recibían una pensión semanal de entre diez y quince dólares. ¿A dónde iban a ir sino a California, la tierra del sol y de las naranjas?Una vez allí, descubrían que el sol no es suficiente. Y se cansaban de las naranjas, de los aguacates y hasta de las granadas. No ocurre nada. No saben qué hacer con su tiempo libre….

El aburrimiento se vuelve cada vez más terrible. Se dan cuenta de que han sido engañados, y se consumen de resentimiento… El sol es una broma. Las naranjas no despiertan sus delicados paladares. Nunca hay nada lo bastante violento como para animar sus cuerpos y sus mentes inertes. Los han engañado y traicionado. Los han esclavizado y salvado para nada”.

Produce la misma fruición que cuando escuchamos la novena de Beethoven. Absolutamente sublime. Id a buscar este libro en las librerías y olvidaos por un momento de la mediocridad que ofrece el triste panorama actual.



lunes, 8 de febrero de 2010




RECUERDOS DE UN CINE DE BARRIO, J. A. BARRUECO

Sherwood Anderson, padre y maestro de todo buen novelista moderno, escribió en una de sus obras que la gente se figura que los escritores sacan sus personajes de la vida real, y no es así. Lo que en realidad hacen es encontrar algún hombre o mujer que, por alguna obscura razón, atrae su interés. A partir de allí cogen los pocos hechos que conocen y tratan de construir toda una vida. Las personas son para el escritor puntos de partida, y lo que resulta al final no tiene con frecuencia nada o muy poco que ver con la persona que le sirvió al comienzo como punto de referencia. Pues un buen ejemplo de ello lo hallamos en esta obra muy lograda de José Ángel Barrueco, uno de esos escritores “marginados” (me apunto al grupo) que siempre están luchando contra viento y marea por hacerse un hueco en el penoso mundillo editorial, donde los gigantes que sobresalen son los bufones televisivos y los enchufados mediocres, mientras que los “enanos” tenemos que conformarnos con el rol de figurante. Y, hablando de figurantes, tenemos una buena retahíla en Recuerdos de un cine de barrio, donde asistimos a un desfile interminable de personajes grotescos y de baja estofa, como se nos dice en la página 86:
“Abundaba en el cine Pompeya esa tribu de individuos tristes, de vidas monótonas, de rasgos dignos de ser caricaturizados, solteros, solitarios, atados a un trabajo que los alienaba”.
A partir de aquí arranca la cinta de diapositivas, y el protagonista se encarga de relatarnos su vínculo con el cine Pompeya, propiedad del abuelo, con rápidas e impactantes pinceladas. El lector entra en la historia, os lo aseguro, y se catapulta atrás en el tiempo hasta los ochenta, años de grandes estrenos y películas inolvidables como, sólo por poner algunos ejemplos, En busca del arca perdida, del mítico Harrison Ford, Los siete magníficos, los westerns del insuperable Clint Eastwood, Tiburón de Spielberg y, por qué no, también toda la serie de filmes de Bud Spencer y Terence Hill, los ídolos de mi niñez, adolescencia y madurez (no os creáis ahora que soy tan viejo, joder). Leer este libro es como abrir el baúl desordenado de la memoria, zambullirse en su interior y descubrir, a la postre, que la niñez es una etapa demasiado importante de la vida, una época en la que el amo destino aún no tiene poderes supremos sobre nosotros. Ya, porque luego las cosas se suelen poner muy jodidas y todos caminamos inexorablemente hacia nuestro destino, cuyos hilos están movidos por algún titiritero supremo y por supuesto muy caprichoso. Este pasaje es quizá uno de los más esclarecedores al respecto:
“Aquel fue mi primer contacto con esa ley que especifica que los sueños no se cumplen, y que la vida no es tan sencilla como cuando una va al colegio y sus únicas preocupaciones son los suspensos, las chicas y esquivar el tedio. Entonces advertí que las múltiples profesiones que recitaba, años atrás, como una cantinela, los oficios que soñaba con desempeñar, no eran sino pura palabrería, delirios de crío. Nadie se atreve a mostrarle a un niño la crudeza de la verdad: significaría arrebatarle la inocencia, pero un día el muchacho crece y percibe el panorama desolador de su entorno. Y comprende que estaba más seguro cobijado en su mundo”.
Lo mejor que puede hacer un escritor en su vida es escribir sobre su adolescencia, recordar y reconstruir su pasado en el que tanto las cosas malas como las buenas parecían formar parte de un mismo juego. Nadie pretende que la historia sea completamente fiel a la verdad, pues la verdad es algo imposible para todo escritor. Es como la bondad: algo anhelado por muchos seres humanos, pero que no se consigue jamás al cien por cien. La novela sobre la juventud siempre será para un escritor el diamante más puro, la obra más íntima en la que desemboca un caudal impetuoso de recuerdos que pedían a gritos verse plasmados en el papel. Estoy seguro de que para José Ángel también es así, y este Recuerdos de un cine de barrio lo acompañará a lo largo de su vida, y tal vez lo hará sentir más amparado en los momentos de mayor dificultad. Es un ejemplo de buena receta literaria, con muchos huevos, una pizca de emoción, dos cucharadas de humor y muy poca nocilla. Alguien debería enviarle un ejemplar por correo a Antonio Gala o a Almudena Grandes; nunca es demasiado tarde para aprender.

domingo, 13 de diciembre de 2009





HUBERT SELBY JR, RÉQUIEM POR UN SUEÑO

“Evidentemente, yo creo que perseguir el sueño Americano no es sólo fútil sino autodestructivo, porque en último término destruye a todo y a todos los que participan en él. Por definición tiene que serlo, porque lo cultiva todo excepto esas cosas que son importantes: integridad, ética, verdad, nuestro auténtico corazón y alma. ¿Por qué? El motivo es sencillo: porque Vida/vida es dar, no conseguir”.
Así es como el autor introduce su novela en el prefacio de Réquiem por un sueño, obra magistral de la literatura americana publicada por primera vez en español por Sajalín editores (www.sajalineditores.com) y disponible en las librerías a partir de diciembre de 2009.
Ya desde las primeras páginas tenemos la sensación de hallarnos frente a algo sorprendente, una especie de río impetuoso que se lleva por delante toda idea preconcebida sobre puntuación, diálogos y técnica narrativa. De hecho, a Selby esas cosas le importaban más bien poco. Solía decir que conocía bastante bien el alfabeto, y por eso decidió hacerse escritor. Dicha afirmación podría sonar rara, sobre todo a los oídos de uno de esos estetas de la literatura que hacen metaficción y se sientan en los cafés y piden un bollo de chocolate y no beben alchool y hacen disertaciones sobre la estética y el arte por el arte y todas esas cosas efímeras con las que por supuesto no me voy a detener. Y así todo el tiempo, saboreando un cruasán de mierda y tertuliando de la jodida estética y el cabroncete del arte. Selby hace algo ligeramente mejor: plasma la humanidad de sus personajes y los demonios que los atormentan en el papel, y lo hace de forma magistral, adentrándonos en la historia, haciéndonos sufrir y vibrar por dentro con los sueños y las ilusiones de los cuatro protagonistas: Sara Goldfarb, una viuda que ambiciona salir en la tele tras recibir un extraño formulario, su hijo Harry, la novia Marion y el amigo inseparable Tyrone, los tres unidos por la creciente y destructiva adicción a la heroína. Es como si cada uno de ellos nos agarrara por un brazo y nos llevara a ese tobogán de inquietudes para empezar juntos el lento e irrefrenable descenso hacia el infierno, un infierno que no se aleja demasiado de la realidad y nos muestra los escombros de un mundo sin identidad que sin duda resulta muy familiar. En un pasaje leemos:
“Yo creo que ése es uno de los problemas del mundo de hoy, que nadie sabe quién es. Todo el mundo anda por ahí en busca de una identidad, o tratando de tomar una de prestado, lo que pasa es que no lo saben. En realidad creen que saben quiénes son, ¿y qué son? Sólo una panda de vagos.
Y más adelante:
“Cuando alguien pillaba tenía que ir a la seguridad de su casa, o de algún sitio, donde pudiera metérselo sin que nadie echara la puerta abajo, le robara la droga y a lo mejor lo matara si no quería compartir algo que era más precioso, en aquel momento concreto, que su vida, pues sin ello su vida era peor que el infierno, mucho peor que la muerte, una muerte que parecía un premio más que una amenaza, ya que ese proceso de retrasar la muerte era la cosa más aterradora que podía pasar”.
Esta es, pues, la historia de cuatro individuos que fueron tras el Sueño Americano y, en lugar de escuchar las voces de sus corazones, se empecinaron en seguir por el camino de la mentira y de la ilusión, y como resultado acabaron perdiendo todo lo que de valioso tenían.
Un libro imprescindible y extraordinariamente humano que, más que leerse, se bebe como un chupito de tequila reposado Jose Cuervo: intentas explicar el escozor de la garganta, pero cuando lo haces el tequila ya ha desaparecido por los pasadizos que llevan al estómago y no hay marcha atrás. Con Selby ocurre lo mismo: tratas de racionalizar la experiencia de la lectura, pero la historia ya se ha mudado en otra cosa, tal vez en un fantasma de sí misma, un fantasma que te ha ensalzado el alma justo antes de desvanecerse por los mares de la memoria.
No recomendado para los adeptos de intrigas y códigos secretos ni para los amantes del arte por el arte. Podría ser demasiado fuerte para vosotros, chicos, así que mejor id a cascárosla a algún café.

viernes, 13 de noviembre de 2009

SHERWOOD ANDERSON, CUENTOS REUNIDOS

Sherwood Anderson (1876-1942) es sin duda el más desconocido, al menos en España, de los maestros de la literatura americana, y gracias a la editorial Lumen por fin podemos difrutar de unos relatos extraordinarios y muy originales. Este magistral escritor se marchó muy joven a Chicago para intentar labrarse una posición y prosperar en el mundo, encontró trabajo como redactor de anuncios y en el tiempo libre fue cultivanto lo que él mismo llamaba su “vicio secreto”, es decir la literatura. Y bien que le salió el vicio, porque muy pocos relatos de los años veinte superan en calidad perlas como El huevo, Hermanos, Soy un idiota, o Quiero saber por qué. Tomad nota de este autor, sobre todo los jóvenes escritores. Olvidaos de los talleres de escritura y de los consejos que os dan los que se precian de literatos y de las demás gilipolleces que infestan el mundillo editorial y leed a Sherwood Anderson, el hombre que se crió en una granja de pollos y acabó convirtiéndose en un hito de la literatura mundial. Bien es verdad que en sus historias parece que no pasa nada y no se da ese final sorpresa que muchas veces esperamos, pero detrás de sus líneas se cela la quintaesencia de la literatura. Lo que hace especial la escritura es que no tiene pautas preconcebidas ni existe una técnica bien definida, y gente como Anderson son la demostración evidente de ello. Cada uno intenta hacerlo lo mejor que puede, sin atender a nadie; ése es el truco. Bueno, él lo hizo francamente bien. Lectura imprescindible.

martes, 30 de junio de 2009

DIOSES DE CARTÓN

Hace unos días acabé de leer The room, una novela del escritor americano Hubert Selby jr., fallecido en 2004. Algunos lo conocerán por su libro más famoso y criticado: Last exit to Brooklyn, publicado en 1964 y traducido al castellano con el título Última salida para Brooklyn (publica Anagrama). Después de la gran impresión que me causó dicha novela, fui a buscar más obras de Selby y me tuve que contentar con leer versiones más o menos antiguas en italiano (mi lengua materna), la mayoría publicadas en los años setenta/ochenta, y por tanto difíciles de conseguir.

Con The room (La stanza en italiano, Feltrinelli, 1973), publicado por primera vez en Estados Unidos por Grove Press en 1971, la impresión fue la misma que con las obras anteriores e incluso mejor. Básicamente, es la historia de un hombre que está encerrado en una celda, acusado de un crimen que no se menciona en ningún momento (recuerda un poco a El proceso, de Kafka). Es la historia de un mundo sin amor, un mundo en donde el sistema te sigue y te persigue. Los ojos del Estado te vigilan. No hay escapatoria ni dentro ni fuera de la celda. Allí el hombre se abandona a todo tipo de fantasías y a través de su mente, en vilo sobre el abismo de la locura, refleja una sociedad corrupta que se está cayendo por su propio peso. Es un libro que hay que leer, o mejor dicho catar, como una buena copa de Rioja.

La conclusión a la que llegué fue la de marras: otro genio despreciado de la literatura mundial que alcanza el éxito después de muerto, al menos en su País. Leer a autores de este calibre hace que te cuestiones cosas y que te preguntes por ejemplo qué coño está pasando con la literatura. Ya no se trata de gustos, sino más bien de calidad literaria frente a piltrafa caliente y apestosa. Quiero decir que te vas a una librería y hojeas a algunas de las miles de novedades de un Boris Izaguirre cualquiera y la diferencia es tan abismal que lo más normal es que te entren arcadas. Arcadas de disgusto, por supuesto, como si te hubieran obligado a tragarte comida para perros caducada.

¿A tal estado de locura hemos llegado? ¿Basta con bajarse los pantalones en la tele y hacer el mono y decir cosas obvias que no producen ni un asomo de risa o presentar algún programa basura y ya tienes la vida solucionada? Millones de ejemplares vendidos a millones de borregos que van de intelectuales por el Metro con ese tocho bajo el brazo, ¿es eso lo que nos queda? Quiero imaginarme que no, pensar que en algún lugar brilla todavía una luz de esperanza, y que a veces la vida nos da la posibilidad de saborear la magia sublime de esos genios, gente como Selby, el gran Dan Fante y otros más que piensan únicamente en hacer lo que sólo es un don de Dios: escribir, crear. Estas personas iluminadas aportan sentido a la literatura y les mean en la boca a estos dioses de cartón, mitos de tres al cuarto y mediocres de pacotilla.

Tranquilos, amigos, yo lucharé a vuestro lado. Lucharemos contra el bando de los estafadores, el de los Vil.lamatas, Antonio Gala, Juan Marsé, Cristiano Ronaldo (creo que él también quiere ponerse a escribir), Gennaro Gattuso (es el futbolista analfabeto de la selección italiana de fútbol, pero escribió un libro. Alguien en su momento gritó al milagro) y muchos más que ni siquiera vale la pena mencionar. Tenéis que seguir en el ring, no importa si caéis. Volveremos a levantarnos y le daremos un sentido a la literatura y una patada en el culo a todos esos supuestos escritores que no valen el pedo de una vieja. Yo estoy con ellos: con Dan Fante, José Ángel Barrueco, Ubaldo Olivero, F.S. y con todos los artistas de verdad que hay en esta vida, gente viva en un mundo agonizante, tipos que luchan por sobrevivir en una sociedad demasiado podrida. Al toro, chicos: lo vamos a joder bien jodido. Y tomad una copa de Pampero de vez en cuando. Sienta bien.

Francesco Spinoglio